Columnistas

Capitulaciones y celebraciones

El presagio, la verdad, la muerte, la resurrección y el olvido se hacen absolutos en un aria, en un coro o en una danza

La Razón / Cergio Prudencio

00:04 / 19 de mayo de 2013

A propósito de la ópera Nomis Ravilob. He capitulado ante el tiempo real de la escena, donde confluyen las palabras con las imágenes, los sonidos con las emociones, los personajes con los sueños. Lo extraordinario de lo efímero, de aquello que acontece para hacerse perenne sólo en la memoria de los ojos, en el recuerdo del corazón, en la sensibilidad golpeada; o en la memoria sensible, en los golpes al corazón, en los ojos del recuerdo, configurando así una plenitud hedonista, casi de lujuria estética.

He capitulado ante el artificio de las luces y de los diálogos imposibles, de las expresiones simples para la construcción de símbolos potentes, de las evocaciones sencillas con pretensión de reemplazar la realidad representándola.

He capitulado ante la ficción de la Historia, ante el personaje persona que rememora la condición de que estamos hechos: cuerpo, guarida de enjambres fantasmales que duermen en nosotros y despiertan de pronto a rebato de campanas interiores; cuerpo infestado de voces y de miedos, desplegado en otros seres que son los mismos, y otros que son otros.

He capitulado ante las mentiras simples del lenguaje de la ópera, ante el manierismo de decir cantando, y la opción —orillando el ridículo— de asomar pasiones en tonos perfectos y métricas implacables. El presagio, la verdad, la muerte, la resurrección y el olvido se hacen absolutos en un aria, en un coro, en una danza o en un postludio. Y en ese armazón expuesto de la edificación teatral, nadie duda. No yo, al menos.

Pero también he celebrado. He celebrado el encuentro imaginario con un sacrosanto prócer a quien he sentido frente a mí como en espejo; no por héroe ni magno, sino por contradictorio y limitado, por las tientas de su paso. Del mío.

He celebrado la propia celebración ceremonial, el ritual de musicantes y cantadores, dibujantes y prestidigitadores, magos y embaucadores congregados alrededor del fuego misterioso y eterno del arte en ofrenda compartida. He celebrado la erección de una torre antibabélica para el encuentro entre espíritus que —como hijos de su propia ficción— soltamos miedos, ternuras, enigmas y divinidades en busca de la gloria del espectáculo. 

He celebrado la gente, impertérrito auditorio, sorprendido acaso, desconcertado, conmovido, llamado al retorno como en todo placer, acaso. He celebrado el encanto (y la desilusión) de salir del sueño, de acabar la función y devolverme al escenario despojado del ánima que lo había encantado hasta convertirlo en un mundo en rotación de órbita propia.  Y aquí estoy ahora, rendido y de fiesta.

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