Columnistas

¡Carajo, me grabaron!

La Razón (Edición Impresa) / Arcilla de papel - Lourdes Montero

02:40 / 01 de septiembre de 2014

Sin poder recuperarnos todavía de las declaraciones del candidato a primer senador por Cochabamba Ciro Zabala, tenemos ahora que soportar diez minutos de una grabación que presenta un despliegue machista, gansteril y violento que no tiene parangón en nuestra historia política. El candidato a la presidencia Samuel Doria Medina intimida a la esposa víctima de violencia intrafamiliar del entonces diputado de su partido Jaime Navarro.

Esta pieza es digna de análisis porque refleja muy bien las distintas capas de la violencia que cotidianamente sufren miles de mujeres. Como en un libreto bien montado, Samuel va exponiendo una síntesis de los prejuicios sociales, presiones familiares y el uso del poder del dinero, que se constituyen en la base estructural de la violencia contra las mujeres.

Vayamos por el inicio. Samuel se presenta como el mediador de un conflicto no por el interés de la pareja, o de la hija, sino porque “los líos” están afectando a la empresa y, si bien no lo dice, a su potencial carrera política. Para él, el problema no es la violencia física contra una mujer, ya que no lo considera un delito, sino el error de un amigo; el problema es la denuncia, el hecho público y el conflicto, por ello define intervenir y “arreglar” a su manera el inconveniente. Éste es un ejemplo que ilustra la acción de muchos entornos sociales y familiares que prefieren esconder el “lío”, acallar a la víctima y encubrir el delito antes que enfrentar el problema que, según los datos sobre feminicidios, en Bolivia ya es una epidemia social.

El instrumento de la intervención de Samuel no es apelar al cariño de amigo o al consejo de un padrino, sino a la amenaza laboral, vulnerando el derecho al trabajo y a un ingreso seguro de una mujer que, según la declaración, ya sufre con el no pago de pensiones alimenticias de su pareja. Así, como en muchos de los hogares bolivianos, a la violencia física se suma la violencia económica contra las mujeres que, ante un marido celoso o violento, terminan perdiendo su fuente laboral y el ingreso de su familia.

Pero, en el testimonio hay más. Como en una mala película gansteril, el jefe decide el destino de la familia y les da “hasta mañana” para que cumplan sus designios. Así, en una clara figura patriarcal él sabe que es lo mejor para ellos e incluso los forzará a actuar en consecuencia, porque “vos sabes que cumplo lo que digo”, “no estoy jugando” y “te estoy haciendo una amenaza”.

Y, como lo vemos cotidianamente en la Policía y en los juzgados, al momento de justificar la violencia física, la mejor salida es culpabilizar a la víctima: “Ambos han cometido errores”, “los dos estaban borrachos”, “vos tenías celos” y, entonces, se busca la conciliación, cuando sabemos que los delitos de violencia doméstica no se concilian.

Todas estas diferentes capas de violencia física, psicológica, económica y social arropan cotidianamente la intimidación y miedo en el que viven miles de mujeres en Bolivia. Por todo ello, hoy nos encontraremos en la plaza San Francisco para romper el silencio de la sociedad y la indiferencia del Estado y decir fuerte y claro: ni educadas por Zabala, ni golpeadas por Navarro ni intimidadas por Samuel; las mujeres exigimos una vida libre de violencias.

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