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Carisma

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 24 de agosto de 2014

En la jerga preelectoral siempre se está aludiendo al “carisma” de los candidatos. Para las personas, unos tienen un carisma muy fuerte; y otros, solo dinero. En fin, son múltiples interpretaciones. Sin embargo, no es tan sencillo cercar una definición, porque esta palabra, de origen griego, sufrió varias alteraciones y diferentes aplicaciones a lo largo de la historia.

Para la Iglesia Católica, viene del griego antiguo y es una derivación del verbo kháris; khárisma es un sustantivo griego de aparición tardía, como lo atestigua la terminación “ma” y significa don, regalo. Esta virtud aparece en el Nuevo Testamento como un don otorgado gratis, que excluye cualquier mérito de quien lo recibe. Es decir que es un don concedido por Dios a los seres humanos, destinado  específicamente a la edificación de la Iglesia (Martín Heredia. 1997).

Así debía ser entendida, pero esta interpretación fue asimilada por grupos que suponían que había una iglesia institucional fosilizada y que se debía cambiar esta inmovilidad que desangraba a sus fieles por otra carismática, estableciéndose un movimiento que todavía persiste y cuyo origen, en la Segunda Guerra Mundial como detonante, lanzó varios propósitos como resucitar y revivir la fuerza y la obra del Espíritu de Cristo en la Iglesia como cuerpo universal y en cada uno de los cristianos. Sus principales argumentos son la profundización de la fe y de la vida cristiana, basada en el amor y en la fuerza del Espíritu Santo, un sentimiento de fraternidad universal no sujeto a las barreras nacionales ni a los credos religiosos; un resurgimiento de los carismas como hecho extraordinario que se dio en la primitiva iglesia cristiana. La primacía del elemento carismático sobre el jerárquico u organizativo conduce  a sus seguidores a crear e improvisar comunidades de base tipo asambleísta, de carácter fuertemente activo y misionero, comprometidas en el mundo donde viven. Todos estos propósitos dieron origen a una multiplicidad de caciques y líderes religiosos (Guachalla, Claure), entre otros que programan milagros en sus grupos y cuyo éxito genera ciertos temblores en la jerarquía católica que no tuvo éxito para frenar este desbande.

Actualmente existen más de 100 grupos religiosos cristianos, con un sinfín de paraísos a gusto de cada clase y sector de la sociedad, que entregan sus diezmos con la certeza de obtener un lugar privilegiado después de su paso por este valle de lágrimas y risas.

Otra versión establece que la palabra  carisma viene del griego jarisma como don, dones, y que en el Nuevo Testamento son entendidos como virtudes, gracias, otorgados por Dios a determinadas personas a favor de la comunidad. Los Hechos de los Apóstoles hablan de algunos como la xenoglosia o don de lenguas, otros se diversifican en el don de la sabiduría, del entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad, temor a Dios, curaciones, milagros, profecías, entre otros que enumera San Pablo.

En el lenguaje común el carisma está definido como una especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar, aparte del significado religioso; y es éste el sentido que la sociedad acoge en las etapas preelectorales. Mi compadre Teo recuerda a Carlos Palenque como un ser humano especial y carismático, que fue amado por las clases populares, a quienes se acercaba con un lenguaje coloquial y entendible, diferenciándose de los “enredoncios”, que para demostrar su formación o deformación académica usan términos de su jerga intelectual,  porque no interpretan a las mayorías. Alude también al sacerdote Luis Espinal y a Marcelo Quiroga como seres dotados de un don especial para fascinar con su palabra. Lamenta, en cambio, que ahora la mayoría de los candidatos tengan el don de la xenoglosia, expresado en discursos repetitivos que agotan y acogotan a los posibles electores, convirtiéndose en una tortura escucharlos.

Mi compadre alude a Jorge Quiroga como un hablador enloquecido que repite lo mismo y nunca propone nada; así como a la frialdad y la mirada de perdonavidas de Doria Medina —No tienen carisma— dice, mientras apura un martillazo en su pequeño taller.

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