Columnistas

Carlos Mesa, ‘cronista de Indias’

Mesa tiene problemas con la ficción: abrumado y obsesionado con la historia, ésta lo contamina todo

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:01 / 07 de enero de 2015

Sostiene Cachín Antezana que la literatura boliviana está dejando atrás, poco a poco, una tremenda tara. Las letras nacionales ejercieron una “suplencia cognoscitiva” (Luis Huáscar dixit) en la medida en que las ciencias sociales no estaban bien constituidas: la ficción boliviana tenía y tiene un poquito de sociología, un cacho de historia, algo de psicología y antropología, incluso gastronomía y fútbol…

Soliloquio del conquistador es la primera novela de Carlos Mesa o no. El expresidente tiene problemas con la ficción: abrumado y obsesionado con la historia, ésta lo contamina todo, incluso el relato. Su “ópera prima” carece de personajes y de evolución en la trama, adolece de una prosa ágil, peca de rimbombante y cursi, y no funciona en ningún registro: ni como novela-carta de amor (entre Cortés y su Malinche), ni como endeble ensayo histórico, ni como obra erótica (hay más arrechura en los folletines de Corín Tellado), ni como defensa acérrima del “satanizado” conquistador “aliado con la posteridad” que abre su alma al “indio fascinado” ante su sangre, semen y “verga-espada flamígera”. Como consecuencia del extravío, la voz naufraga entre la primera persona presente y la omniscencia histórica: ¿su “memoria del futuro” es memoria de los vencedores o de los vencidos?

Soliloquio del conquistador es una novela-excusa para sacar cara una vez más por el impuesto mestizaje (de “dos grandes y rumorosos ríos”) desde una mirada siempre condescendiente, otrificadora, evocadora, colonial y machista. La “conquista” no fue un genocidio, sino un acto mestizo de “seducción” de un aventurero idealista, sutil, letrado, refinado (Cortés): Mesa se ve a sí mismo como ese cronista que navega por el túnel del tiempo para traernos una historia que explica nuestros temores y odios. La novela impresa (publicada y presentada) en México por una editorial española es “lavandina” para el vencedor y la “traidora” (para Cortés, Pizarro, los dos “personajes”, y la “señora Marina”) y su leyenda negra: “lo que vi hacer a nuestros enemigos en el gran templo de Tenochtitlán era igual o peor que tantos daños que hicimos (...), nos apropiamos de la tierra de otros como éstos se apropiaron de la tierra de otros anteriores”.

Mesa “aprovecha” su debut ficcional para despachar su visión sobre el poder, el amor-pasión-eros, y por supuesto la historia del “descubrimiento”. A rebufo de Octavio Paz y Carlos Fuentes, sepulta buenos y malos, héroes y villanos, vencedores y vencidos bajo un “relativismo” histórico que lo iguala todo: la cruz y la resistencia son una “pelea interminable”.

Soliloquio del conquistador es un ensayo ya escrito por Mesa con un epílogo innecesario y vergonzoso que me provoca rabia y bronca personal. Bienaventurados los que aún son (somos) capaces de indignarse con ese artefacto vintage llamado libro. Esas diez últimas páginas  (que vienen a “descubrirnos” que Abraham Bohórquez, el fallecido músico alteño del grupo Ukamau y Ké, es el “nieto” secreto de Cortés y La Malinche) son un descalabro absoluto,  una impostura desagradable (la voz del rapero no era el estereotipo reproducido en este epílogo fatal). Si el bueno de Abraham levantara la cabeza y leyera su “biografía made in Mesa”, se armaba tremendo despute...

Termino por el principio: en la solapa de la tapa, desde su atalaya, Mesa se mira a sí mismo para perplejidad de muchos y muchas: “La Paz, 1953, historiador, periodista y político; fue presidente de Bolivia, 2003-05, en un momento de grave crisis política y social, situación que logró encaminar a una transición democrática y pacífica, lo que propició importantes cambios en la comunidad boliviana”. Dijo una vez Óscar Wilde que el único deber que tenemos con la historia es reescribirla. Mesa lo intenta. 

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