Columnistas

Carnaval: el derecho al no-trabajo

La ausencia de períodos de ocio puede complotar contra los planes de desarrollo

La Razón / Pablo Rossell

03:45 / 23 de febrero de 2012

Con el agradable recuerdo del último sorbo de licor carnavalero, su columnista decidió hoy expresar sus impresiones acerca de lo que considera una de las más agradables costumbres del Carnaval: el ocio. Efectivamente, los países que más progresan, son aquellos en los que más trabaja su gente. En realidad, debo decir, en los que mejor trabaja la gente.

En un sondeo rápido por la web, me percaté de que nuestro país es uno de los que menos feriados nacionales tiene: sólo 12 (dos de ellos de muy reciente creación). En comparación, los brasileños tienen 17, al igual que los alemanes. Los argentinos tienen 23 (incluyendo algunos feriados sectoriales). Los chinos, que muchos creen ver como los próximos amos del mundo, tienen 23 feriados (entre nacionales y sectoriales).

En suma, no somos precisamente el país más pachanguero del mundo. De hecho, Bolivia es un país de gente trabajadora. Asumiendo los datos oficiales para las áreas urbanas, más del 93% de la población económicamente activa trabaja en nuestro país; el promedio semanal de trabajo es un poco superior a las 47 horas. No obstante, los ingresos laborales del 40% de la población trabajadora que menos gana son inferiores a los Bs 1.000 mensuales, y sólo el 25% de los trabajadores tiene acceso a la seguridad social de largo plazo (a ese 25% le restamos un 10% de empleados públicos y nos quedamos con el 15% al que representa la COB del 52’).

En suma: trabajamos mucho, pero ese mucho trabajo no siempre es bien recompensado. Por supuesto, ese escaso porcentaje de trabajadores protegidos por la vigente y septuagenaria Ley General del Trabajo goza de vacaciones, estabilidad y regularidad en sus ingresos. Pero para el 75% restante, feriados como los del Carnaval constituyen los pocos días en los que los patrones (ya sean de corbata y cuello blanco, o de ornamentada pollera) están obligados por la tradición a reconocer su derecho al ocio.

Y el ocio, la farra, el festejo y todas esas expresiones y estados de ánimo asociados al Carnaval son igual de importantes para el progreso que el tiempo que le dedicamos al trabajo. El Carnaval nos permite reponer fuerzas y disfrutar abundante y desenfrenadamente de las cosas que nos alegran la vida. Hago aquí una evidente abstracción de los desmanes provocados por el exceso de alcohol, pero de eso se ocupan —con mejor tino y más perseverancia— otros columnistas.

El reposo, el derecho al no-trabajo es pues, algo esencial. Incluso por el hecho de que somos uno de los países menos prósperos del continente. La ausencia de períodos de ocio puede complotar contra los más ambiciosos planes de desarrollo, como lo puede constatar el gabinete de nuestro Presidente, que sufrió el abandono de varios de sus colaboradores por problemas de salud asociados con la intensidad del ritmo de trabajo.

Pero los esenciales períodos de ocio no deberían depender de la llegada (más o menos fortuita) de un feriado. Cada trabajador, cada trabajadora debería disponer de vacaciones y un piso mínimo de protección social, sólo por el hecho de trabajar y pertenecer a este país. Eso es la ciudadanía fundada en el trabajo.

Actualmente, eso no es posible debido a que la ley vigente y la estructura sindical relacionada con una política laboral obsoleta tienen los ojos ciegos ante una realidad del trabajo que corresponde al siglo XXI. A quitarnos las vendas, compañeros, que la farra ya terminó.

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