Columnistas

Carta a Cecilia Quiroga

Sentí una intensa conmoción cuando la Moira (Zuazo) me llamó, y no necesitó decir nada.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:46 / 20 de abril de 2014

Querida amiga: Te adelantaste, Ceci... Y reíste tanto al contarme las bromas de tus amigas sobre tu precocidad: en el amor, en la rebeldía, en la maternidad, en el trabajo; en todo, pues. Y mira ahora, precoz tu partida también. Caray, Ceci; no debiste ser tan consecuente.

Sabrás ya, sentí una intensa conmoción cuando la Moira (Zuazo) me llamó, y no necesitó decir nada para yo descifrar en el aire el mensaje fatídico. Luego las palabras corroboraron lo inexorable, temblorosas en las dos orillas del diálogo.

Y habrás escuchado las blasfemias y protestas proferidas desde mi ronquera contra la muerte, y contra ti: “¡no seas..., Ceci, ¿cómo te vas a morir?!”, resonó entre mis paredes. La noche previa quise llamarte, una y otra vez. Al final no lo hice. Y no te digo el arrepentimiento, la rabia, el dolor… Tarde. Punto.

De pronto, la interculturalidad y la descolonización, recordarás. Los diálogos, los talleres, los intercambios. Con qué sutileza y perseverancia me/nos llevaste a profundizar reflexiones, y —sobre todo— a confrontar ideas con interlocutores diversos. Nunca antes me había visto tan desafiado y luego tan reafirmado en convicciones fundamentales. Tus preguntas, tus demandas, tus propuestas y tus críticas fueron humilde pero potente militancia con el país en transformaciones. Se puede construir desde donde cada quien está, siendo lo que cada quien es. Fue y seguirá siendo tu lección.

Con el mismo convencimiento indagaste en las profundidades de la Asamblea Constituyente de 2006-2007, para recuperar el inmenso sentido de ese encuentro boliviano. Trascendiendo el sesgo de las parcialidades políticas, descubriste cómo a esos protagonistas se les removieron las fibras humanas y espirituales, superando —sin proponérselo— sus propios prejuicios. Por siglos despiertos, más que un documental sobre la Constituyente, es una revelación de cómo los contrarios, los diferentes, los irreconciliables, pudieron mirarse a los ojos y aflojar corazas, reconociéndose en el “hado propicio” de la nación plural. De ti aprendí a ver así la interioridad de tan denostado episodio histórico.

Ceci, ahora la memoria se me fuga incontrolable a cuando tu preciosidad intimidaba a propios y extraños. Entre los propios, al Negro Quintanilla, quien una vez —recuerdo— deslizó una fina fantasía erótica sobre ti. Te contaré los pormenores solo cuando volvamos a encontrarnos en el tiempo circular; porque el pasado está al frente y nos envuelve. (Además, ¿qué diría el Negro?)

En fin. El video, los derechos, la vida, las mujeres, los indígenas, la vida, la comunicación, las luchas, la vida, el sur, la lucidez, la vida, los amigos, la vida. Hasta la tristeza y el dolor los celebraste con serenidad de juicio, en ofrenda de gratitud por cada signo del estar y del ser, diseminando luz para seguir.

Seguiré. Seguiré caminando y buscaré respuestas a todas las preguntas, saldré al encuentro con los otros, amaré a la patria en dimensión martiana, para enmendar así el no haberte dicho todo esto antes, y para honrar tu memoria en tributo de todos los días. Ahí nos vemos, Ceci.

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