Columnistas

Casanova y Ciorán

Cualquier acción es un sinsentido, ya que la final del camino no queda más que una fría sepultura

La Razón / Édgar Arandia

00:08 / 15 de enero de 2012

Con la venia de mi compadre Teo, que cada día se parece más a un chamán esquimal, es que me doy esta licencia para incurrir en unas digresiones que pueden ser útiles para conducir el barco de la desilusión y la exaltación extrema de la vida. A él, estas ocurrencias (escribir sobre otros) le parecen una pérdida de tiempo y una banalidad; cuando nosotros mismos podemos ser más interesantes. Tal vez tenga razón, pero aprovechando mis esperas en el Seguro de Salud para recomponer mi vapuleada maquinaria y con la constancia de que ya no fabrican repuestos para mi antiguo modelo, es que me hice acompañar por estos dos extremos personajes.

Giacomo Casanova (1725 -1798 ) fue un aventurero, escritor, diplomático y agente secreto veneciano; sin embargo, se le conoce más como el mayor seductor de su siglo, cuyas conquistas ascienden a 122 mujeres, entre ellas, una monja. Hijo de unos comediantes que tuvieron la visión de educar a su hijo con personalidades que conocieron en los recorridos de su compañía teatral. Así aprendió filosofía del senador veneciano Malipiero, pero su relación se ensombreció cuando Giacomo se echó sobre Teresa, la favorita del senador.

Hace una década conocí la cárcel de Piombi, en Venecia, de donde Casanova  escapó luego de ser encerrado por hereje y otros cuentos inventados por los maridos ofendidos. Estos magníficos edificios nos murmuran el derrumbe de una etapa en la que Rousseau, Voltaire, Catalina II de Rusia, Mozart, entre otras luces, serían los actores del alumbramiento de una nueva época. Para Casanova,  que soñaba con ser admitido como un noble, pasaron desapercibidos los sucesos políticos que se avecinaban, no así las mujeres que se le acercaron.

Si bien la suma de sus seducciones es atrayente, sus memorias (en custodia de la Biblioteca Nacional de Francia) son también una crónica jugosa sobre la aristocracia y burguesía decadentes del siglo XVIII. Su actividad de masón, según algunos, lo convirtió en un revolucionario de su época. Para otros, solo quería permanecer en el antiguo régimen. Su afán por devorar la vida al lado de las mujeres le hizo decir: “Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras y que, por tanto, debo creerme libre”. Ahora, gracias a la exposición Casanova: La pasión por la libertad, se podrán conocer sus memorias sin los retoques que sus sucesivos editores hicieron para proteger a los grupos de poder que se reciclaron durante dos siglos.

En el otro extremo y en otro siglo está el francés Emil Michel Ciorán (1911-1995). Algunos historiadores aseguran que perteneció a la Guardia de Hierro, de orientación fascista, etapa que posteriormente repudió en vida. Su acendrado pesimismo sirvió de orientación para que calificaran su tendencia de filosofía del absurdo. Afirmaba que toda doctrina filosófica es falsa por la incapacidad del ser humano para crear ideas libres. En uno de sus textos dice: “La gente me produce asco, tengo asco hasta de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluido ellos, incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos”.

Rechazaba ser llamado filósofo, porque decía que un barrendero puede tener mayor conocimiento de la vida; tal como mi compadre Teo, quien proclama que cualquier acción es una idiotez, si al final del camino no queda más que una fría sepultura. Idea que, para muchos, pese a su gélida lucidez, les provoca pavor. La fascinación que producen los escritos de ambos personajes se explica por las contradicciones  y contrastes, como son las vidas, como somos nosotros, esperando que algo pase y nos asombre.

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