Columnistas

Desde Casanova hasta Fidel

Los dos, conscientes de la brevedad de la vida, trabajan arduamente en sus respectivas pasiones

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:52 / 14 de abril de 2012

El momento que estaba tan concentrado como entretenido leyendo la Histoire de ma vie de Giacomo Casanova (1725- 1798), recientemente publicada sin purga alguna por Robert Lafont, llegó fugazmente a La Paz Katiuska Blanco Castiñeira, coautora de las memorias de Fidel Castro Ruz, recopiladas con el título Guerrillero del tiempo: Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana. Cuando puso en mis manos los dos tomos de esa obra, le reciproqué con mi libro Los Cubanos en Angola (1997), y la cálida escritora me confió que ella fue parte de la notable expedición castrista en aquel país africano.

Recostado en mi hamaca miskita, tenía al costado derecho los tres volúmenes de Casanova y a mi siniestra, las 1.166 páginas de Fidel. Fui alternando la caligrafía francesa del veneciano con la fogosa verba del cubano. En esa calistenia óptica, venció el héroe de la Sierra Maestra y entre algunas pausas somnolientas, apenas amaneció, me di cuenta que había acompañado al Comandante desde su nacimiento en Birán (13 de agosto de 1926) hasta su entrada triunfal en La Habana el jueves 1 de enero de 1959.

Sin embargo, en el sueño matinal, los efluvios del subconsciente me transportaban indistintamente del seductor de musas al seductor de masas, y comencé con fatigoso empeño a imaginar un cotejo entre esas dos figuras universales, una del siglo XVII y otra del siglo XXI. Ambos, tempranamente doctorados en Derecho, titulares de la misma alta estatura (1,94 cm), constitución hercúlea, partidarios de la buena gastronomía y amantes de las travesuras peligrosas. Uno perseguido y vilipendiado por maridos celosos, y el otro combatido por oligarcas tediosos. Aquel encarcelado por los inquisidores de la República Veneciana, y éste asediado por los agentes del Imperio Americano. Los dos, conscientes de la brevedad de la vida, trabajan arduamente adelantando sus respectivas pasiones. Por ello, a Fidel lo apodaban el Caballo por sus interminables jornadas laborales; y a Giacomo podrían haberlo llamado el burro, por el exceso de masculinidad con que la naturaleza le había súper dotado y el uso de esa ventaja que parece haber sido un instrumento de trabajo más que una herramienta de placer.

Sorprende en las dos autobiografías la prodigiosa memoria para relatar hasta el mínimo detalle episodios de increíbles aventuras en que ellos se rifaban la existencia. Por ejemplo, Casanova describe su fuga de la tenebrosa prisión de los plomos en Venecia, con minucia de relojero, en un relato que fue el best seller de su tiempo. Análogamente, Castro cuenta su participación en el bogotazo del 9 de abril de 1948, insurrección provocada por el asesinato del líder liberal colombiano Jorge Eliezer Gaitán, en filigranas abundantes en retratos de calles, plazas y personajes de esos hechos vandálicos.

Otra convergencia sería los cruces con las celebridades de sus respectivas épocas. Mientras Casanova frecuenta a Voltaire, a Rousseau, a Cagliostro, a Mozart (entre otros) y a Catalina la Grande; Fidel encuentra y afronta a Krushev, abraza a Mandela,  recibe a los Papas de turno y a su entrañable amigo Gabriel García Márquez. También los cuestionamientos al dogma que afloran en el diálogo de Fidel con frai Beto son comparables a las digresiones que se perciben en el opúsculo El filósofo y el teólogo de Casanova.

Dos diferencias remarcables: en tanto que Giacomo es un prolífico escritor, Fidel es más bien discreto en la prosa, pero ambos son sutiles conversadores. Otra radica en que Casanova vivió 73 años (un récord para su tiempo), en cambio Castro sigue siendo un influyente factor a los 85. Un corolario a este insensato paralelo podría ser que no importa si se hace el bien o el mal, lo imperdonable es aburrirse durante el corto regalo divino de la vida.

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