Columnistas

Caudillismo

El régimen político-administrativo del caudillo concentra en sus manos todas las claves del poder.

La Razón / José Gramunt de Moragas

03:53 / 02 de mayo de 2012

No hay por qué extrañarse de los muchos abusos, arbitrariedades e ilegalidades que se comenten desde el Gobierno y, para mayor vergüenza, con total impunidad. Al fin y al cabo el régimen político actualmente dominante en Bolivia no es la democracia liberal ni el socialismo marxista. Es el caudillismo.

En el siglo XIX se destacaron numerosos y valientes caudillos que pelearon contra las fuerzas realistas y que lograron la independencia de los países latinoamericanos. Muchos de ellos se autoproclamaron presidentes del nuevo Estado, y se prolongaron por muchos años en el  poder, no siempre de buenas maneras.

El rasgo principal del caudillaje es la pasión de mandar. O dicho de otra manera, su carisma y sus dotes de mando. Todo el poder lo asume el caudillo, aunque se rodee de algunas formas democráticas. El régimen político-administrativo del caudillo concentra en sus manos  todas las claves del poder. Los caudillos se rodeaban de gente armada más o menos espontánea que se llamaba milicia. Y si era una fuerza que es regularmente reclutada, encuadrada y jerarquizada se llamaba ejército.

El caudillo exige para sí la plenitud del poder. En el orden político, somete a su mandato los remedos de asamblea constituyente a la que ordena la redacción de lo que se llamará Constitución Política del Estado. Otro simulacro de asamblea deliberante obedece las consignas del caudillo, estén o no de acuerdo con la letra y el espíritu de la carta constitucional que él mismo ha promulgado. Y si no hay acuerdo entre la ley y su aplicación, ya lo arreglarán los abogados que para eso han estudiado, aún cuando el caudillo, hecho a sí mismo en medio de la rudeza de la lucha, considere que pasar por la universidad es una concesión al   neoliberalismo. Los diplomas, las togas y los birretes de “Doctor Honoris Causa” son justo reconocimiento a los méritos acumulados por el caudillo a lo largo de una vida azarosa al servicio del pueblo.

El caudillo no acepta fácilmente el control de sus decisiones, simple y llanamente porque “el Estado soy yo”. “Por razón de Estado”, al mejor estilo del florentino Maquiavelo, ordena ocupar, por medio de la fuerza o de la intriga, las gobernaciones y alcaldías, ganadas legítimamente por la oposición en elecciones legítimas. La majestad de la justicia rinde su espada y su balanza a los pies del caudillo, supremo juez y magnánimo dador de cargos y prebendas. Una de las cualidades más llamativas del caudillo es su oratoria, cargada intensamente de demagogia y populismo.

No por ilustrado en ciencias económicas sino por su innata intuición, el caudillo aprovecha la bonanza económica pasajera, para gloriarse de sus éxitos, que no son suyos sino del mercado. Pero su intuición no le alcanza para administrar la bonanza y transformarla en desarrollo sostenible de la actividad industrial y agropecuaria, respaldadas por fuertes inversiones.

A partir de la pasión de mandar se deriva el culto a la personalidad. El proyecto de monumentos y museos que ensalcen y recuerden la ínclita figura del caudillo por los tiempos venideros es un signo de autocomplacencia que, naturalmente, recibe el aplauso y el impulso de una clase de personas, corrientemente llamadas aduladores. Nota bene. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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