Columnistas

Cavilaciones triple x

En esta ciudad las prácticas pecuniarias del cuerpo han pasado al delito sin contemplaciones.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:20 / 27 de septiembre de 2016

Universalmente, las zonas rojas han generado grandes encendidos imaginarios. Desde el barrio holandés Rosse Buurt a las zonas de tolerancia latinoamericanas, estos antros fueron la inspiración de grandes autores: de Baudelaire a Víctor Hugo Viscarra, de Bukowsky a García Márquez, genios que evocaron sus experiencias con seres memorables en impresentables lupanares. Mucha tinta corrió también entre cronistas y activistas, ya sea con una visión inquisidora o con el libertinaje de Xaviera Hollander al presentar sus memorias: armada con una caja de chocolates y feliz como una perdiz.

Creo que en esta ciudad esos imaginarios carecen de vuelo literario, pero sobran las noticias alarmistas y los turbios culebrones. Así se recuerda el pasado reciente allá por los sesenta: caballeros perdidos en los ojos rasgados de Midori Nagashiro (vaya eufemismo) mientras se calateaba en el galpón en pleno Prado paceño o circulando en la zona de Caiconi para presenciar la lujuria andina en un espacio redondo de los extramuros citadinos...

Pero ahora son otros tiempos y ni la literatura nos va a consolar. La Paz ya se incorporó al mundo sórdido de un negocio descontrolado, y las prácticas pecuniarias del cuerpo han pasado al delito sin contemplaciones: violencia de género, trata y tráfico o pedofilia. Se estima que alrededor de la plaza Murillo existe medio centenar de prostíbulos informales, 30 de ellos en casonas patrimoniales, según silbaba un concejal el año pasado. Prueba de esos excesos es el edificio allanado recientemente donde múltiples y cutres cuartuchos rezumaban un insoportable tufo a alcohol, sudor y baba; un extremo frente al que el paraíso clausurado a los egiptólogos queda momificado.

Paralelamente, esta ciudad resbala hacia otros excesos astrales. Uno puede dilatar la experiencia de la nocturnidad paceña tomando la ruta de un local al que se ingresa solo con pasaporte extranjero. Los radiotaxis, que lo conocen de sobra, cobran Bs 60 sin derecho a queja alguna para conducirte hasta ese local. Ahí, las charolas son espejos y consumes por la nariz un menú típico que ha vuelto a esta ciudad un “destino turístico de aventura”; un título que nos denigra de sobremanera y no nos beneficia en nada.

Asimismo uno puede llegar a ese punto de la ciudad donde la aventura gay se suda en saunas con garrafas expuestas temerariamente. El miércoles los habitués ingresan “en pelotas” y colman el espacio hit del lugar: el Dark Room. En la más ardiente y húmeda oscuridad paceña se forma una mezcolanza humana tan intensa como las escenas del lienzo del Infierno que está colgado en la iglesia de Carabuco.

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