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Cazando gazapos

Corregir textos es  un oficio silencioso,  mal pagado y muchas veces poco agradecido

La Razón / Jaime Iturri

01:50 / 15 de noviembre de 2013

Es una labor detectivesca. Inclinado sobre el texto, con los lentes sujetos por un acto de malabarismo en la punta de la nariz, la puntabola roja en ristre, cazar errores en las galeras y los manuscritos es de verdad una ocupación digna de Sherlock Holmes.

La mayor parte de los errores tienen que ver con las huidizas tildes, con las escurridizas comas y los arrogantes punto aparte. Encontrar un error de los llamados “de estilo” es un oficio que puede llenarte de felicidad porque ayuda a hacer un texto más comprensible para los demás y el primer paso es que se abra al corrector, quien tiene el privilegio de leer la obra antes que los demás. Y hay errores que pueden cambiar totalmente el sentido de las palabras, como aquel que dice: “No es lo mismo bebes y mamas gratis que bebés y mamás gratis”.

Ahora bien, corregir textos es un oficio silencioso, la generalidad de las veces no reconocido por nadie, mal pagado y muchas veces poco agradecido. Ya leer y escribir son oficios solitarios. Los hacemos sólo acompañados de nuestros fantasmas. Pero corregir textos de otros o traducirlos es aún más duro por la responsabilidad que implica ser fiel al espíritu del escritor. Por ello, las correcciones se convierten en sugerencias para que las valide el escritor.

Las nuevas tecnologías apoyan a esta revisión. El corrector de textos del Word es una maravilla, porque podemos resaltar las correcciones con colores y además colocar comentarios en los márgenes.

Como en todo juego, hay reglas que cumplir. Pero claro, no hay juego donde torcer un poco las reglas no sea parte del mismo. Y, en el oficio comentado, lo que importa es que el autor sea quien haya respetado las reglas, el corrector sólo debe hacerle notar en caso de que no lo hubiera hecho.

Al final, un lector inclinado sobre un texto, sea este en la computadora, o de la manera más segura, sobre papel, con su puntabola en la mano, leyendo y releyendo, interpretando, rayando, corrigiendo, dudando, de nuevo rayando. Un hombre que de pronto se apropia de los sueños de otro, por un momento se unen, la misión es una sola: lograr un texto que la gente entienda, pero que además le ayude a viajar, allende los mares.

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