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Cebras

Me permito explicar el porqué de la potencia y la vigencia de su accionar con tres reflexiones

La Razón / Carlos Villagómez

00:02 / 10 de enero de 2012

Si existe un personaje paceño que irrumpió en el panteón de los imaginarios de forma vertiginosa, son las cebras del municipio paceño. A esos personajes les tomó unos pocos días para transformarse en el personaje de este cambio de milenio; para sorpresa de todos y particularmente de los promotores de ese pintoresco grupo de educación vial. Por la importancia de esta nueva estrella urbana es que me permito explicar el porqué de la potencia y la vigencia de su accionar con tres reflexiones. Con esas explicaciones creo que conoceremos algo de nuestro ser urbano.

Como primera, debemos aceptar que los paceños y paceñas amamos a los animales y las mascotas de manera superlativa. En esta ciudad, cualquier representación urbana en forma de animalito tendrá su lugar de privilegio. Si mal no recuerdan, existió un osito de la Dirección de Tránsito, que también cumplía labores de educación vial y tuvo éxito, perentorio, pero éxito al fin. Pero las cebras son parte de un programa municipal sostenido y proyectado que tiene sostenibilidad. Cuando salieron a las esquinas todos, incluidos los del Tránsito, festejamos su presencia. Con esos animalitos en las calles no hubo peleas políticas. ¿Quién se atreve a cuestionar a esas mascotas urbanas? Incluso me atrevo a afirmar que tendrían éxito hasta en Achacachi, donde se ensañan con las pobres mascotas.

Como segunda reflexión mencionaré que somos una sociedad urbana festiva y celebratoria; y como tal, la máscara y los disfraces nos permiten expresarnos de manera abierta, locuaz y dicharachera, sin los complejos cotidianos de los andinos. Si las cebras salieran sin máscara no tendrían esa potencia expresiva y serían, sin duda alguna, personajes achunchados y recontraparcos. Nuestras fiestas urbanas, como el Gran Poder, tampoco gozarían del jolgorio y la parranda que nos permite el anonimato del disfraz y la máscara. Aquí un detalle a considerar: cuando los empleados del municipio salieron a cuidar del tráfico con chalecos y sin máscara se armó un despelote.

Por último y en los límites de la ofensa, indicaré que somos una sociedad urbana melodramática y henchida de conmiseración. Sabemos, en el fondo de nuestro ser, que la labor de las cebras es una causa perdida y cuando este pueblo percibe un grupo humano que lleva una tarea sin futuro ni objetivo, inmediatamente apoyamos la causa, salimos a las calles a apoyarlos y lloramos con ellos sus desventuras. Ejercemos lo que un grupo de rock argentino llamó: el lamento boliviano. A pesar de estar bien admitidas en nuestra sociedad, las cebras no resolverán el barullo del tráfico de esta ciudad, menos aún terminarán de educar a los conductores que están más locos que una cabra.

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