Columnistas

Celebrar lo natural

Hay que defender la capacidad natural que tienen las personas de amar y ser amadas.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:29 / 03 de julio de 2016

La palabra natural nos remite a la naturaleza. Nos habla de vínculos entre seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren dentro de un sistema no mediado por la sociedad, la tecnología o la cultura humanas. Por eso, hablar de familia natural es un antisentido. La familia es una construcción social y cultural humana, necesaria para la supervivencia de la especie, pero que no ha sido siempre, ni necesariamente será en el futuro, una suma de un hombre, una mujer y sus hijos concebidos dentro de otra ficción social que se llama matrimonio.

En épocas y culturas distintas a la actual, la familia estaba constituida por un hombre, muchas mujeres y los hijos concebidos en estas uniones. O por una mujer y dos hombres. O por una mujer, su hermano y los hijos que concibieran. O por la comunidad de mujeres y hombres que se unían libremente y luego criaban colectivamente a los hijos que nacieran. Cualquiera de estas formas de familia eran eficientes, necesarias y naturales (o sea, “normales”) en el contexto en que se producían, así como son naturales los tipos de “familia” distintas que se evidencian entre las diferentes especies animales.

Porque lo natural no es qué tipo de institución social se componga para criar, alimentar y asegurar la sobrevida de las crías más vulnerables que existen en la naturaleza, los infantes humanos. Lo natural es el deseo y necesidad que surge en los adultos de cualquier especie de darles los cuidados y conocimientos necesarios a sus descendientes. Lo natural en las personas es amar y cuidar a sus bebés, enseñar y proteger a sus niños, aconsejar y acompañar a sus jóvenes, para que luego se vuelquen los roles y sean los adultos los que cuiden y protejan a sus ancianos. Cuando eso no sucede, como no está sucediendo en muchas familias bolivianas, podemos decir que nuestras familias no son naturales.

Celebro, entonces, la defensa de la familia natural que se viene haciendo desde algunas iglesias y colectivos sociales. Hay que defender la capacidad natural que tienen las personas de amar y ser amadas, sean éstas un hombre y una mujer, un hombre y otro hombre, o dos mujeres. Hay que defender su derecho natural a querer compartir su vida, sus bienes y sus decisiones; hay que defender su derecho a convertirse en una familia, si así lo desean.

Hay que defender la necesidad natural que tiene cada niño o niña de vivir en un entorno que se preocupe de sus necesidades físicas, emocionales y espirituales; no importa si este entorno amoroso lo conforman dos padres, dos madres, una abuela, unos tíos, solo el papá, solo la mamá o una nana.Hay que defender la necesidad natural que puede tener una mujer, o un hombre, de vivir de forma individual y de no tener descendencia. Hay que defender la necesidad natural que tenemos las personas de definir quiénes somos y a exigir que esa decisión se reconozca y respete.

Hay que defender, también, las posiciones contrarias a las nuestras. Todos tenemos derecho a nuestras creencias religiosas, todos tenemos derecho a expresarlas y a manifestarlas en marchas, memes o sermones. Pero el que un grupo mayor o menor se adhiera a una religión o crea en un dogma no hace que sus posiciones sean absolutas ni obligatorias para los no creyentes. Proponer un referéndum para que la mayoría decida si la minoría puede gozar de sus derechos es, además de peligroso, un abuso de poder que algún malintencionado podría calificar de anticristiano. En esto del creer y del amar, por suerte, no hay democracia. Si mi derecho natural a amar no se interpone en tu derecho natural a creer, entonces podemos ser familia. 

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