Columnistas

Centenario de Albert Camus

Camus llegó a comprender que el mundo puede progresar mediante el trabajo mancomunado

La Razón / Ramiro Prudencio Lizón

01:47 / 20 de noviembre de 2013

El 7 del presente mes se ha cumplido el centenario del nacimiento de Albert Camus. Novelista, ensayista y dramaturgo, es considerado uno de los escritores franceses más importantes de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su obra se caracteriza por un estilo vigoroso y conciso, donde presenta una sensación de alienación y desencanto de la vida junto a la afirmación de las cualidades positivas de la misma, como la dignidad y confraternidad humanas. Sus novelas principales fueron: El extranjero, La peste y La caída. Sus obras de teatro: Calígula, El estado de sitio y Los justos. Mientras que sus ensayos filosóficos, relativamente cortos pero con gran profundidad de pensamiento, fueron: El mito de Sísifo y El hombre rebelde. 

Se podría decir que existen tres etapas diferentes en la vida de Camus. La primera, durante su juventud, está marcada por un señalado idealismo revolucionario que lo llevó a ingresar al partido comunista y, posteriormente, al movimiento de la resistencia contra la dominación nazi en su país. Pero al finalizar la guerra y pese al hundimiento del nazismo, no encontró ese mundo justo que pregonaba el marxismo, sino que se impuso otro sistema totalitario, quizás más brutal que el anterior, dirigido por la Unión Soviética, país que determinó el predominio comunista en gran parte de la Europa oriental.

El desencanto que le provocó la tiranía soviética determinó a Camus a alejarse de toda agrupación y actitud revolucionarias. Precisamente escribió entonces su ensayo El hombre rebelde, donde explica cómo la juventud de su época estuvo embelesada con los movimientos revolucionarios y terroristas, en búsqueda de un mundo más justo y más igualitario. Pero en dicho ensayo condena esa actitud, denunciando la lógica estéril de una revuelta que conduce al acto terrorista. Y así dice: “En el universo puramente histórico que han elegido, revuelta y revolución desembocan en el mismo dilema: o la policía o la locura”. En él establece además algo así como una línea de resistencia a la historia, expresando que: “No sólo se vive de lucha y odio.  No siempre se muere con las armas en la mano. Existe la historia y existe otra cosa: la simple felicidad, la ternura y la belleza”.

La segunda etapa de su vida se produce con su acercamiento al filósofo Sartre y a su sistema filosófico existencialista y ateo. Según esta corriente, el hombre se encontraría en el mundo por puro azar, ignorando por qué nació y por qué tiene que morir. Pero aunque parezca paradójico, es este absurdo de la vida lo que da sentido a las cosas. El hombre debe vivir, debe crear y debe dar sentido a su existencia.

Su nueva concepción filosófica le llevó a publicar dos importantes libros: El extranjero y El mito de Sísifo. El primero se refiere a un hombre que, al comprender el absurdo del mundo en que vivimos, prefiere vivir como un extranjero en la tierra, sin comprometerse en el amor, el trabajo, la sociedad, ni siquiera en la moral. Se podría decir que Camus condena a dicho hombre, ya que no se compromete con la vida ni con la sociedad. El prefiere al segundo, el señalado en el mito griego de Sísifo, personaje que fuera condenado por los dioses a subir a una montaña con una enorme piedra a cuestas, la cual luego se caerá, y nuevamente debía bajar a recogerla para volver a remontarla, y así indefinidamente. Pero este hombre no era completamente desgraciado, ya que si sufría al cargar con la piedra, luego tenía la paz y un mundo solaz mientras bajaba contemplando las bellezas que brinda la naturaleza. En consecuencia, por más sufrimientos que haya en la tierra, el hombre debe comprender que también existe la felicidad, basada en la vida familiar, el trabajo y la creación intelectual.

Por último, en su tercera etapa, abandonando esa concepción individualista existencial, Camus aceptó que la obra humana no es personal sino colectiva; y llegó a comprender que el mundo puede progresar mediante el trabajo mancomunado y solidario, enmarcado en un régimen democrático, respetuoso de la vida y de la dignidad del ser humano.       

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