Columnistas

Centenario crucial

En el centenario no sólo se celebraba al gran edificio, sino la vigencia del principio del Estado de derecho

La Razón / Eduardo Rodríguez Veltzé

03:16 / 31 de agosto de 2013

La celebración del centenario del edificio del Palacio de La Paz en La Haya, el 28 de agosto, con la presencia del rey de los Países Bajos, Guillermo Alejandro, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, autoridades de los tribunales internacionales y el cuerpo diplomático, fue un acontecimiento cargado de tributos para quienes, pese a las grandes guerras, pudieron organizar un espacio para restablecer el imperio de la ley y la justicia, para forjar la paz a través del derecho internacional y no de las armas.

El formidable palacio hospeda al principal órgano de justicia del Sistema de las Naciones Unidas: la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que desde los años 40 resuelve disputas entre Estados, emite opiniones consultivas para el Consejo de Seguridad y también alberga, desde tiempos aun más remotos, a la Corte Permanente de Arbitraje. Ambos tribunales contribuyen, con cientos de fallos, a fortalecer la vigencia del derecho internacional. Su biblioteca y la Academia de Derecho Internacional de La Haya aportan a la capacitación profesional por generaciones.

Cuando se inauguró en 1913, su principal benefactor, Andrew Carnegie, pensó que era el día más feliz de su vida, por fin la humanidad tendría un sistema para arbitrar sus diferencias y eliminar la guerra. El entusiasmo duró muy poco, muy pronto sobrevendría la primera gran guerra, luego la segunda y el ánimo belicista por el mundo se mantendría incubado. Fue precisamente la jornada de la celebración del centenario cuando se advirtió que el uso de las armas y la lógica militarista tiene todavía muchos seguidores.

Varios de los discursos marcaron nítidamente los temores por el curso de los acontecimientos en Siria y los anuncios, en la víspera, de inminentes acciones de intervención bélica por Estados Unidos y las potencias aliadas. Ban Ki-moon significó que no sólo se celebraba al gran edificio, sino la vigencia del principio del Estado de derecho, piedra angular del orden mundial, un orden predecible, transparente, con obligaciones mutuas indispensables para la coexistencia pacífica de las naciones.

Condenó el uso de armas químicas, pero también invocó, desde el centenario templo, a darle una oportunidad a la paz, a la diplomacia. Pidió parar la confrontación y convertirla en diálogo, imploró la adhesión a la Carta de las Naciones Unidas e invocó volver a la mesa de negociaciones.

La preocupación también la expresó la activista Liberiana Leynah Gbowee, última mujer en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2011, a tiempo de descubrir el busto de la pacifista Bertha von Suttner, autora del libro ¡Abajo las Armas! y primera mujer en recibir el mismo premio en 1905.  En su discurso describió el dramático testimonio de las víctimas de la guerra civil en Siria y alertó sobre las consecuencias de la violencia en estos conflictos.

La celebración del centenario del más importante recinto de la paz y la justicia comenzó con el recuento de lo mucho que se avanzó en el camino de la justicia internacional, con la afirmación de confianza de decenas de países en los tribunales internacionales, en sus decisionesque contribuyen a resolver pacíficamente  conflictos que confrontan a los Estados, contemporáneos algunos y otros  muy antiguos, pero con soluciones justas, prácticas y posibles. Ese rumbo de paz, y no uno militar violento y menos impuesto, es el que debe acompañar el próximo siglo.

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