Columnistas

La primavera que no fue

EEUU enfrenta el dilema de tener que cumplir su amenaza, con una población que no lo apoya

La Razón / José Rafael Vilar

01:21 / 03 de septiembre de 2013

Cuando publiqué Primavera, árabe y nuestra (La Razón, 06.09.2011), los reclamos de democracia remecían a las corruptas pseudodemocracias y dictaduras árabes. En Túnez, Egipto, Yemen y Libia sus gobernantes fueron derrocados; en Siria empezaba un baño de sangre, y en Bahrein fracasaban las revueltas por el apoyo de las monarquías absolutas vecinas. En el resto, medidas de apertura (y represión) contenían el desborde.

Dos años después, en Túnez y Egipto resurgen violentas protestas, Yemen se deshace sin poder central y Libia no se democratizó. La revolución egipcia de 2011, con el apoyo del Ejército, acabó con el régimen de Hosni Mubarak (30 años en el poder, alta corrupción estatal, crisis económica y un sistema político sin derechos democráticos). Las elecciones libres del año siguiente le dieron la victoria a Mohamed Mursi, líder del Partido Libertad y Justicia de los Hermanos Musulmanes. En un escaso año de gobierno, las medidas de Mursi empeoraron la economía y promovieron la islamización del Estado egipcio. Resultado de ello, la Plaza Tahrir de El Cairo volvió a recibir a millones de manifestantes, y el gobierno musulmán terminó derrocado por el Ejército, iniciándose así una nueva inestabilidad. Ahora, sólo dos fuerzas existen en el país: el Ejército y los Hermanos Musulmanes, en cruenta pugna.

En cuanto a Siria, donde resuenan los tambores de una guerra “limitada” y luego de más de 100.000 muertos causados por una guerra civil que se inició en marzo de 2011, vale la pena analizar algunas claves del conflicto. La primera es que la Administración Obama estableció “líneas rojas” en su política para Oriente Medio. Una de ellas era el ataque con armas químicas, y el cruzarla debía conllevar una respuesta militar. Hecho que supuestamente ocurrió el 21 de agosto en Damasco en un ataque atribuido al régimen de Bashar Al Asad, aunque aún no descarta que haya sido causado por la extremadamente diversa insurgencia. Ahora EEUU se encuentra en el dilema de cumplir con su promesa, entre una población que no lo apoya (Irak está fresco) y un Congreso que aún no le ha dado su aprobación (peor con la negativa británica).

Tampoco esa respuesta estaría incluida en una estrategia global y sí significaría un retroceso en tres aspectos: las resucitadas conversaciones de paz entre Israel y Palestina, el tímido acercamiento con el nuevo gobierno iraní y global: los acuerdos de reducción nuclear con Rusia. En lo regional, donde lo confesional es importante, el Gobierno sirio, de tendencia chiíta (los Al-Asad son alauitas, una vertiente del chiismo), se vincula con Irán y su mutuo apoyo a Hezbolá; en contraposición está la “coalición suní” (los mayoritarios suníes sirios, Arabia Saudita, Qatar y Turquía). También está en juego el equilibrio de fuerzas extrarregionales (EEUU vs. Rusia y China, principales aliados de Siria); la importancia que Al-Qaeda y el salafismo están tomando en la región (Yemen, Iraq, Libia, Egipto con los Hermanos Musulmanes, Siria, reforzado en la insurgencia); el peligro para la estabilidad política de Rusia de la penetración del fundamentalismo islámico en sus repúblicas con mayoría musulmana, sobre todo las del Cáucaso Norte; y la influencia de los precios del petróleo en la recuperación de la Unión Europea.

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