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Cerocerocero

Saviano, constantemente, de manera errónea llama coca a la cocaína

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

02:37 / 16 de abril de 2014

La cocaína es la droga de moda en todo el mundo, su consumo crece y crece.  ¿Y la culpa es exclusivamente de los países productores? Pues, no. Erradiquen sus narices, canta la banda de punk alteña Scoria. Vivimos en un narcocapitalismo voraz. La cocaína no es producto de la tierra, sino de los hombres. ¿Quién no conoce a alguien que se meta el polvo blanco por la nariz? No te hagas, todos conocemos a alguien. Pero, ¿por qué la cocaína ha triunfado? Porque es limpia, “blanca” y elegante; tiene buena prensa, es un signo de distinción social; la consumía la clase alta y ahora lo hacen las medias; y porque sus problemas aparecen a largo plazo. 

Antes de consumirte, antes de dejarte flaco y con el cerebro arrasado, antes de destruir todo a tu alrededor, la pasas bomba. Puedes hacer lo que quieras, estar de farra durante días: eres el más grande, el más sociable. La cocaína y ese sabor amargo que te adormece la lengua como si estuvieses en el dentista te pone a cien, no existen los límites para vos. Tienes más, quieres más, te das cuenta de todo; produces más, eres imparable en la disco, en la cama, en todo lado. Es la respuesta perfecta e individual a la sociedad competitiva capitalista, a la jungla donde manda el más fuerte, el que más aguanta.

La dopamina y la noradrenalina son neurotransmisores. El primero te convierte en el centro de la fiesta, en un ser más ingenioso. El segundo te pone más alerta. Con la cocaína todo son luces y brillos; aumenta tu energía y desaparece el cansancio, estás eufórico; eres la mejor versión de vos, multiplicada por un millón. Te elimina el dolor (sin cocaína no hay guerras), te aumenta el deseo sexual y la iniciativa. Te importa el acá y el ahora.

Todos esos son los buenos momentos, luego mucho después llegan los malos: el camino adictivo sin retorno. Taquicardias, ataques al corazón, depresión, paranoia y ansiedad. Y el pene flácido, chau a las sesiones olímpicas dignas de una peli porno. El 25% de los infartos en personas entre 18 y 45 años en Europa está provocado por la cocaína.

El último libro de Roberto Saviano (el autor de Gomorra que destapó las conexiones de la mafia italiana) se llama Cerocerocero:  cómo la cocaína gobierna el mundo (editorial Anagrama).  La palabra Bolivia prácticamente no existe en el libro y Saviano, constantemente, de manera errónea, llama coca a la cocaína. El escritor italiano, con un estilo seductor y una prosa potente, usa atractivas historias personales (de mulas a policías, de consumidores a políticos, de sicarios a capos) para ayudar a entender el éxito narco-capitalista. Pero ni una palabra sobre el rol de instituciones como la CIA o la DEA en el gran negocio. Ni una sílaba sobre soluciones como la legalización como alternativa.

Cerocerocero ayuda a entender el potente armazón económico alrededor de la “blanca” y el papel que juega el dinero de la droga en el contexto de las finanzas internacionales, incluido el lavado en los bancos;  colocando a este negocio como el más rentable del planeta.

La cocaína es un bien refugio, un bien anticíclico. Saviano aporta un dato elocuente: si hubieses invertido 1.000 dólares en acciones de Apple, ahora tendrías 1.670; si hubieses colocado esa misma plata en cocaína, ahora poseerías 182.000 dólares: cien veces más que invirtiendo en el título estrella bursátil del año. En su largo viaje, el negocio está en la distribución, en la reventa, en la mezcla, en la gestión de los precios. Un kilo cuesta en Colombia 1.500 dólares; en México, 15.000; en Estados Unidos, 27.000; en Europa, casi 50.000 dólares, y en el Reino Unido, 77.000 dólares. Con un kilo puro (el “cerocerocero”) se sacan tres kilos tras los cortes: quienes mandan sobre estas cadenas son los hombres más ricos del mundo. Para  ellos no hay crisis. Para vos que jalas, tampoco. De momento, por ahora.

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