Columnistas

Chauvin, nacionalismo, der heimat

‘El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad’ (Albert Einstein)

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:11 / 17 de marzo de 2015

Ayer leí un posteo de mi amigo Alfonso Gumucio-Dagron en su Bitácora noticiosa: “Monsieur Chauvin visita Bolivia”, que me motivó a escribir sobre el tema y a “robarle” su exergo, porque difícil sería encontrar mejor definición, aunque no necesariamente compartiera la totalidad de lo expresado.

Si el acérrimo ultranacionalista francés y ferviente bonapartista Nicolas Chauvin hubiera sabido que su apellido sería epónimo de conceptos tan negativos como el odio y el desprecio a lo ajeno, hubiera sido feliz y superado mejor las burlas de sus contemporáneos. Pero posiblemente nunca lo supo, porque el término chauvinismo (o chovinismo) fue el resultado de parodias de vaudevilles franceses posnapoleónicos donde se le ridiculizaba.

El chauvinismo, como bien menciona Gumucio-Dagron, tiene soporte en la falta de educación, cívica y social agregaría yo, que genera intolerancia. También esa intolerancia es resultado de estrechez de percepciones (“nadie es mejor que yo”) porque el chauvinista se cierra ante lo que desconoce: el ultranacionalismo es una forma plural de ocultar invalideces.

Y agregaré que también es, temporalmente, un resultado de situaciones críticas y la necesidad de encontrar “el culpable”. Nada mejor como ejemplo que el chauvinismo del fascismo alemán. La derrota del imperio germano en la Gran Guerra sumió a Alemania en una crisis de proporciones inmensurables, y en ese momento aparecieron “los culpables”: los judíos, “expresión del capital”, sujetos víctimas del antisemitismo consecuente, y los países vencedores (Inglaterra, Francia) como “potencias del mal” (nada lejos de un cliché más contemporáneo en Latinoamérica), vencedores y causantes del desastre económico; también el nacionalismo japonés exacerbó sus valores nacionales y despreció lo foráneo y ambos se justificaron con sus “necesarios” die lebensräume (espacios vitales). No hace falta recordar las consecuencias: destrucción, violencia y muerte (ajenas y propias).

Porque chauvinista no es solo quien desprecia a otro país, sino también quien desprecia lo ajeno, sea por religión, por sexualidad, por género, por conocimiento (o desconocimiento). Chauvinista es el machista, es el homófobo (o el heterófobo, que los hay), el fanático religioso, el enemigo del conocimiento (“¡Muera la inteligencia!”, apostilla de lo que el falangista Millán-Astray espetó a Unamuno). Al final de todo, es una forma de invalidez, de cobardía.

En alemán hay una palabra antichauvinista: der heimat. A diferencia de der lebensraum (con toda su carga negativa ciega de otros y su sublimación absurda del Yo y del Nosotros), heimat es “el lugar donde uno se siente bien”, “donde nos identificamos” y “donde nos identifican, nos aprecian”. Es patria, pero también es hogar, amigos, nuestra colectividad. Es, con mucho, base desprejuiciada para la aceptación propia y ajena y vía liberada de propiocentrismos para poder, todos, entendernos.  

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