Columnistas

Chavela en el corazón

La Razón / Fernando Mayorga

00:00 / 12 de agosto de 2012

Se fue Chavela Vargas. Es un decir. Se nos fue yendo sin dolor en el alma, porque ella enfrentó a la señora de la guadaña con los brazos abiertos, enfundada en su poncho rojo y sin vacilar. Diciendo que se dedicaba a leer a los poetas de todas partes, ultimadamente a Federico García Lorca, a quien le dedicó su último disco (La luna grande) y con quien charlaba como si tal cosa, precisamente en las noches de luna llena. Porque decía que hablar con ese      poeta, charlar con los difuntos en general, le hacía perder el miedo a la muerte. ¿Cuál miedo? Si unos días antes de su fallecimiento, ella contó en una entrevista: “No me preocupa la muerte. Y puede ser algo bellísimo... la cuestión es vivir, como yo he vivido 93 años aquí en la tierra”.

Y tenía razón, qué chingaos. Por eso todos sus cuates y amantes se fueron a la mítica Plaza Garibaldi para velar su cuerpo en medio de mariachis cantando, con botellas de tequila pasando de mano en mano, sin llanto y con un sinfín de evocaciones al grito de ¡Qué viva Chavela! Yo tampoco sentí dolor sino tantita pena, porque eso hubiera sido injusto con ella. No obstante me hubiera gustado hacerle coro a Eugenia León, a Tania Libertad y a Lila Downs, en esa serenata que le dieron en las puertas del bar Tenampa, sobre todo al entonar La llorona y Macorina.

Hace 50 años Chavela se había fugado de la vida para ocultarse en un caparazón. Hace tres décadas, el cineasta Pedro Almodóvar la sacó de los meandros entre sombras en que estaba envuelta. La rescató con un bellísimo homenaje en la película Tacones lejanos, esa maravillosa escena de una lágrima deslizándose por una mejilla hasta que cae y se estrella en las huellas de unos labios rojos que habían sido sellados en el piso por una mujer que cantaba como Chavela. Labios encendidos y lágrimas perdidas, marcas del bolero que en su voz se convirtieron en fuego y esperanza.

Han transcurrido más de diez años de una noche de abril en el zócalo de la ciudad de México, cuando pude contemplar a Chavela a 50 metros de distancia y escucharla durante 100 minutos que fueron una eternidad. Ese día decidí que ya no escucharía su música como si el mundo se hubiera acabado, porque al verla pletórica y exultante   —mientras de su garganta salían los ayes y lamentos de rancheras y boleros— sentí que la felicidad era su sello lúdico a pesar de los pesares. Sus acólitos estábamos acostumbrados a la liturgia de poner sus discos envueltos en humo y alcohol, a padecer los quiebres de sus canciones con los ojos cerrados y a ofrecer un silencio de sombras para no perturbar ese goce extraño de escuchar su canto como si fuera un suplicio. Esa noche Chavela cantó como los dioses, como siempre, y si bien derramó algunas lágrimas al entonar Esta tristeza mía, su sonrisa irradió una vitalidad tal que convirtió su cuerpo añejo en una tensa flecha dispuesta a la batalla. Años después, leyendo su autobiografía Y si quieres saber de mi pasado, me enteré que ella no sabía por qué lloraba aquella noche, lo supo cuando a la culminación del concierto le avisaron que había fallecido su hermana. Había dedicado sus canciones a los jóvenes con palabras que eran una arenga a la esperanza, y se estremeció cuando el genial escritor Carlos Monsiváis le entregó un ramo de rosas a nombre de todos nosotros, que descubrimos que su canto es una celebración de la vida, que llegó para quedarse. Por eso, Chavela no se nos murió uno de estos días, sigue cantando y farreando por esos lares colgada del brazo de José Alfredo Jiménez.

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