Columnistas

Chávez, fundamental

Todos acabaremos en exacta miseria. Ninguno, a la postre, valdrá más que el resto.

La Razón / Óscar Díaz Arnau

00:00 / 07 de enero de 2013

Mientras las mamás del gabinete ponen el pecho por sus guaguas ante el malo de la película y las huestes del Socialismo del Siglo XXI lloran a Chávez en escalofriante idolatría —y está bien, tratándose de un descendiente directo de María Santísima— continúa el rodaje de la cinta protagonizada por Sean Penn y Jacob Ostreicher, en un insólito espectáculo de Bolivia para el mundo que antes de estrenarse ya voltea taquillas. Para mayor desmadre, la superproducción coincide con el ‘séptimo arte’ (léase año) de gestión de Evo, director del filme que no tiene título y, si me permiten, yo propongo: Sálvese quien pueda.

Respeto mucho la quebradiza vida humana como para equipararla con los litigiosos milagros de un santo o las integridades extraordinarias de una virgen.

Por lo demás, todos acabaremos en exacta miseria: así seamos enterrados en un cajón forrado de seda o en una desvencijada caja de manzanas, así hayamos sido uno de los mejores presidentes de la historia o el más pintado de los linyeras. Ninguno, a la postre, valdrá más que el resto.

A criterio de Camus, hay un solo problema fundamental para la filosofía: juzgar si vale o no la pena vivir la vida. Lo cree en el marco de su análisis de la cuestión del suicidio. Pero no vamos a filosofar sobre la vida cuando un ícono de la política, como es Chávez, está muriendo. Menos desde la perspectiva atea del pensador argelino, y menos aún cuando el presidente Morales tiene la cabeza puesta en los crucigramas que, en formato solicitada, le plantean señoras abrumadas por el cargo de sus hijas en tiempos de deterioro moral.

Dejando a Camus en paz (por último si se fue él, qué más da para todos nosotros: presidentes y linyeras), lo importante acá es determinar la real valía del Presidente agonizante, para lo cual es necesario despojarse de la hipocresía del que despide a un ser querido con puras bondades, para alabanza y gloria de su nombre. ¡Cuánta razón tenía aquel que se mofaba de los que aún creen de dudoso gusto hablar mal de los muertos!

El pontificado de Chávez ha ingresado a su etapa definitiva y los adeptos más intelectuales del chavismo reconocen como fundamento de su legado la valentía de este mandatario (algo inédito en la región) frente al inexpugnable imperialismo norteamericano. En otras palabras, su arrojo, sazonado (esto no lo admiten sus seguidores) por la incontinencia del dilapidador de palabras en aras de la construcción de un liderazgo populista a costa de la subyugación intelectual de grandes mayorías.

La destemplanza ha sido, también, un rasgo de los gobiernos de Chávez y lo que más atrajo públicos rebeldes, hastiados del sometimiento a un país extranjero. Lastimosamente, esos transgresores están fascinados por la presencia incandescente de su líder mesiánico y por eso les cuesta ver que el discurso contra hegemónico persigue la intención de establecer una contra ideología intolerante, cuasi religiosa, ciega. ¿Es buena una contra hegemonía si el objetivo es crear otra hegemonía?

Con simpleza criticamos al fundamentalismo lejano, pero nos cuesta reconocer el fanatismo en nuestras narices. La (im)postura del cacique político es otra particularidad del que pretenda ser dios de multitudes hacia estos tiempos de búsqueda —por necesidad, por insatisfacción, por inseguridad, por escasez— de héroes mortales.

Tan mortales somos —héroes y villanos, poderosos y arruinados, ricos y pobres— que la misma enfermedad nos tiene a maltraer y amenaza con matarnos a todos. Si la vida merece ser vivida, es problema fundamental. No me alegra que los indestructibles —humildes y bravucones— también sucumban.

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