Columnistas

Cielos grises

Cuando La Paz se torna gris, las pasiones languidecen, se silencian los poetas y se entierran las fiestas.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:16 / 06 de junio de 2017

A nivel del mar existen ciudades con cielos tan bellamente grises que sus artistas rebosan de creatividad. Una de ellas, Bruselas, se cubre de un manto melancólico durante gran parte del año. Su invierno es particularmente húmedo, con poca nieve, y una persistente llovizna helada. Jacques Brel, un ícono de la canción universal, le dedicó canciones de una poesía mortalmente sublime: “Con un cielo tan bajo y tan gris que debemos perdonarle, con el mar del norte como último terreno baldío, ese país plano que es el mío”. Esa bruma plomiza también despertó el arte de dos pintores amigos íntimos: René Magritte y Paul Delvaux. El genio de Paul plasmó en tonalidades de grisalla ese ambiente urbano bruselense, tan onírico, tan hermético, que el mismísimo Magritte lo tildaba de lunático.

Más cerca de nosotros la ciudad de Lima es, con su invierno plomizo y húmedo, el modelo latino de cielo gris. El arquitecto limeño Héctor Velarde bautizó a ese color invernal como “gris panza de burro”. Salazar Bondy matizó esa lisura con un poético “tul de niebla”. Y como no podía ser otro, Bryce Echenique le colgó cáusticamente “gris panza de ballena muerta”. Sin embargo, los paseos invernales por el malecón limeño han inspirado a literatos y poetas sendas obras que gozamos todos. Por ello, Lima es una ciudad invernalmente gris, pero entrañable como pocas.

Viví en esas dos ciudades, eso me confiere autoridad para hablar sobre el tema. Y con esa experiencia sé que otra historia son los cielos grises en la cúspide de la montaña. Cuando nuestra La Paz se torna gris, como en días pasados, las pasiones languidecen, se silencian los poetas, se callan los músicos y se entierran las fiestas. Nuestro cielo gris es naturaleza desatada, es energía liberada de enorme pesadez cromática y anímica que nos aplana sin miramientos; y agachados y sumisos deambulamos la ciudad, sumergiéndonos en una garúa gélida y blanquecina.

Es la fuerza de la montaña que, en esos días portentosamente grises y atronadores, clama: aquí mando yo. Y todo nos parece tremebundo: la ciudad parece más fea, más caótica, más odiosas sus prácticas políticas y sociales, y más horrendos los crímenes y las vejaciones. No es un “tul de niebla” que cubre la ciudad, es un colchón de plomo que ahoga nuestras energías.

Pero estas alturas son siempre piadosas, y cuando sale el sol y brilla como en ningún lugar del planeta, recuperamos el habla y el vivir. Su aire gélido y cortante nos llena los pulmones, y la brillantez de la luz andina nos concede una visibilidad casi infinita y una sensación cósmica que nos recuerda eternamente que somos hijos e hijas del tata Inti.

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