Columnistas

Cinismo sin nombre

Para el cínico toda ideología es un simulacro y la búsqueda del bien común, un equívoco

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:03 / 05 de noviembre de 2015

A propósito del doble discurso que despliegan los gobiernos sobre el cambio climático en las grandes cumbres, que defienden con la misma convicción la industrialización y el ecologismo radical, he leído en alguna parte esta indignada frase de una ciudadana: “Los gobiernos hacen gala de un cinismo sin nombre”. Me encanta ese oxímoron porque subraya sutilmente la cortedad de nuestras palabras para expresar lo monstruoso, aquello que no tiene medida ni forma.  

Por supuesto, no me refiero en esta nota al cinismo de la antigua Grecia, cultivado por  Antístenes y Diógenes, admirable en todos los sentidos, sobre todo como un modo de vida que rechaza violentamente el poder, el lujo, la vanidad y las necesidades superfluas. No, me refiero pues al cinismo posmoderno, valga la etiqueta, que se presenta de manera ambivalente ya sea como distancia entre el decir y el hacer, como actitud de descreimiento de las grandes causas o como arte de disimular lo que se es y lo que no se es.

En mi opinión, es una imprecisión decir que los gobiernos están controlados por los cínicos porque —sencillamente— este personaje sobrevalorado es una de las especies más exóticas y raras de la fauna política. Su inteligencia y sangre fría lo distinguen nítidamente de los políticos comunes, éstos ignoran torpemente las diferencias entre la falsedad y la verdad; en cambio, el verdadero cínico jamás las confunde y por eso se ha dicho que sus pensamientos íntimos son, paradójicamente, el “último refugio de la verdad”. Si, conoce muy bien esas diferencias, pero las disimula.

De hecho, la influencia del cínico es muy limitada en todos los gobiernos. ¿Cómo podría él inventar los rituales, las instituciones públicas y los dispositivos que trazan permanentemente una frontera entre la verdad y la mentira en la política? Esa obra solo puede ser creada por la propia sociedad, son las instituciones del Estado y del mercado las que elaboran en cada momento histórico las categorías legítimas, valores y clasificaciones que establecen la verdad y que nos constituyen como sujetos. Este es el mundo ilusorio pero reconfortante de las ideologías. En ellas la mentira y la verdad se confunden un poco y por eso decía Ambrose Bierce que la “verdad es algo tan bueno que la mentira no puede permitirse el lujo de estar sin ella”.

Quiero decir que la mayoría de los políticos comparten las ilusiones de una época; en sentido estricto no mienten, su fe en las grandes causas es auténtica, creen verdaderamente que están transformando el mundo. Por el contrario, el cínico se burla en secreto de esa ingenuidad, para él toda ideología es por definición un simulacro y la búsqueda del bien común, un tremendo equívoco.

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