Columnistas

Circo callejero

Hay espacios urbanos mínimos que se institucionalizan como lugares de espectáculo temporal

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 29 de mayo de 2014

El derecho a la calle es una constante que el ciudadano ejerce de distintas maneras, tal es el caso de aquellos que logran modificar las coordenadas espacio-temporales de las esquinas con experiencias que muchas veces podrían ser calificadas de intrusión. Esto porque allí la presencia de ciertos personajes pintorescos logra crear encuentros urbanos fortuitos que duran fragmentos de tiempo. Nos referimos a los malabaristas callejeros, quienes son capaces de romper todo esquema de concentración hasta de los que conducen los vehículos en las calles y avenidas.

La ciudad —en sus distintos rostros— nos muestra así otro tipo de pequeños rituales practicados por esos personajes, que en distintas circunstancias obtienen dinero (monedas) en segundos gracias a la presentación de variados espectáculos de carácter circense. Una actividad que tiene lugar durante el cambio de luz de los semáforos en las esquinas.

Sin embargo, esos malabaristas nómadas, que son generalmente jóvenes y turistas de mochila al hombro, dejan muy poco a la ciudad en cuanto a consumo, mientras que, según estudios sociológicos, se llevan una cantidad de efectivo nada despreciable cuando retornan a sus países luego de semanas de trabajo callejero. De este modo, esa tarea de dos a tres horas en dos turnos al día permite acumular mucho más que el jornal diario de un obrero. Tampoco se debe olvidar la segunda opción que tienen estos personajes para aumentar sus ingresos: los domingos, en ciertas plazas concurridas por padres e hijos, aprovechan para ofrecer pequeños espectáculos de circo callejero.

Así, las esquinas se convierten por segundos en un nuevo espacio imaginario del ciudadano contemporáneo, que busca ganar dinero rápidamente para seguir el ritmo de su vertiginosa vida. En rigor, se debiera reconocer que esa actividad temporal de malabarismo circense afinca una cualidad perceptiva útil para el descubrimiento de lugares estratégicos de las ciudades. De esa manera, esos espacios urbanos mínimos se institucionalizan como lugares de espectáculo temporal gracias a esos jóvenes camuflados con vestimenta exótica y mucha destreza en las manos.

Lo paradójico es que su llegada a esta ciudad en los últimos años ha despertado el interés de algunos niños, que ahora los imitan y saltan a escena en cualquier momento. Lo preocupante para los choferes, en este último caso, es que muchas veces no logran divisarlos y consecuentemente podrían arrollarlos, movidos por la premura. A ello habrá que añadir que esos menores no están preparados para esos actos de malabarismo. Pese a todo, muchos conductores premian a quienes con trabajo y gran esfuerzo desean ganar por lo menos una moneda. Otra pincelada es ver que algunas mujeres potosinas de pollera que piden limosna entendieron que es mejor ganar esos centavos y no solo extender la mano para conseguirlos. Ahora se acercan a los autos bailando tímidamente, como se puede comprobar en ciertas esquinas de la zona Sur.

La Paz es una ciudad que en el devenir del transeúnte, y en este caso el transitar automotor, exhibe una serie de actividades versátiles que no solo transforman por segundos los espacios públicos, sino que de tiempo en tiempo presentan novedades singulares. 

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