Columnistas

Ciudad sobre ciudades

La Paz de hoy se ha fagocitado la mía, la nuestra, ésa en la que crecimos y estamos desapareciendo.

La Razón / Cergio Prudencio

00:00 / 15 de julio de 2012

Guardo algunas palabras de mi infancia: chulluchullus, por ejemplo,  o ch’utis, o t’ejeta, o waskiri. Palabras que mis hijos no comprenden. Son ajenas a ellos y a sus contemporáneos. Los chulluchullus eran llok’allitas (niños populares) que iban por las calles cantando villancicos en Navidad. Llamaban a las puertas para adorar al niño Dios a cambio de monedas. Y la gente los recibía. Se acompañaban tocando instrumentos (chulluchullus, justamente), que ellos mismos hacían con tapacoronas ensartadas, y sacudían en ritmo entusiasta. Lindo. Daban atmósfera a la fiesta.

Ch’utis llamábamos al juego de canicas sobre tierra seca, bien paceña, en modalidades “simples” o “dobles”. “Limpias” gritaba un jugador para poder despejar la superficie y facilitar su acción; o gritaba “sucias” el otro, para impedirle “limpias” a aquel. Lindo también. Los más hábiles llenaban sus bolsillos de bolitas ganadas en ley o en trampa.

La t’ejeta era fútbol, pero con pelota de trapo (a falta de...) hecha por los jugadores con  restos de nylon y casimir. Era de ver la t’ejeta en canchones, parques, plazas y calzadas, detonando pasiones barriales. Dos piedras (o chompas) delimitaban los arcos. Lindo, lindo.

Waskiris fueron los aplicados en el colegio, los que hacían buena letra con los profesores, los que no jugaban t’ejeta ni ch’utis, ni recibían a los chulluchullus (supongo). Se les guardaba cierto respeto, y —en el fondo— alguna envidia por su de-sempeño académico, inalcanzable para los que jugaban t’ejeta y ch’utis pues.

Y esas palabras me evocan otras nostalgias. No queda ni rastro de los pasteleros que llevaban su repostería en enormes bandejas de madera equilibradas acrobáticamente sobre la cabeza. Los estoy viendo... tal cual. Supe luego que provenían de Walata Chico (Omasuyos), y que en la hoyada se habían     organizado en ese oficio distintivo; como los de Walta Grande en el de sikuluriris (fabricantes de instrumentos nativos), ellos sí activos hasta hoy.  

A los carritos de helados los recuerdo ahora casi como instalaciones: enormes armatostes blancos, de ruedas y mostrador, con el heladero al mando; una cubierta protegía las latas de crema batida o agua congelada con sabores; todas las caras del mueble exhibían vitrinas con fotografías de futbolistas estrella, o divas del cine, o políticos. Y el digno personaje hundía su paleta hasta el fondo para recoger la preparación y armarla con arte sobre barquillos o emparedados de galleta. Qué lindo.

Tengo una sensación vivencial del tiempo. Cuando miro San Francisco, la Villazón de la UMSA, o rastreo Sopocachi, o camino el centro buscando ese tiempo perdido, constato inexorablemente una ciudad encima de otra.

La Paz de hoy se ha fagocitado la mía, la nuestra, ésa en la que crecimos y estamos desapareciendo, junto con t’ejetas, ch’utis, waskiris, chulluchullus, k’ajchis, k’olisas, tunkuñas, y llok’allas paseando la rueda sobre las aceras. ¿Qué otras ciudades se habrá tragado antes la ciudad, no?

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