Columnistas

Ciudad escindida

Aún hay muchos que no perciben el lado indígena que concentra la riqueza cultural de esta ciudad

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

00:00 / 14 de diciembre de 2014

Amo mi ciudad natal. Para mí no solamente es maravillosa, sino alucinante, y me permite sentir desde aquí los latidos de cada rincón de Bolivia con su diversidad y sus particularidades como Tarija, la risueña; Cochabamba, la suculenta; Santa Cruz, la sensual; Beni, la húmeda; Pando, la niña; Oruro, la dura; Potosí, la profunda, y Chuquisaca, la resplandeciente.

Pienso seguir viviendo en ella, aunque a veces me tienta mi espíritu andariego y me dan ganas de sacudirme de sus raíces para irme a Santa Cruz, Tarija o a un pueblito oculto en Chuquisaca donde conocí a un pintor de santos en piedra que se pasaba el día acullicando, hablando con un yatiri y buscando (hasta que la encontró) la virgencita que un campesino había visto en una piedra al cruzar el río, sin ningún apuro, estando simplemente. O irme a Baures, en el Beni, a morir degustando el mejor chocolate del mundo. Recorrer el territorio boliviano es una de las aventuras más intensas que vivo, y mientras las tabas funcionen, lo seguiré haciendo.

Desde llokallas, una de nuestras pasiones del barrio era viajar en camión en tojpa: —A adónde sea, decíamos, y nos lanzábamos a la aventura munidos de pito de cañahua, y agua hervida en una botella. Siempre la gente campesina nos recibió con cariño, y muchas veces nos daban alojamiento y comida a cambio de nada. Tengo muchas historias sobre estos viajes, muchas. Aprendí a pijchar y  acullicar coca, a carpir y recolectar café, naranja y desmontar el monte. Por más pobres que fueran los campesinos, siempre nos acogían. Una vez nos quedamos con un médico que estaba haciendo su año de provincia, en la cuesta de Huallpacayu, en un pueblito llamado Cariqina, desolado y vacío, con las puertas abiertas y con uno o dos perros que nos ladraban desganados. Esperamos que los pobladores llegaran de sus chacras al atardecer, en tanto mis ojos se maravillaron con la puesta del sol, con las montañas al fondo y un amarillo que se tornaba verde esmeralda y luego violeta. Las casitas parecían volar. A veces me sueño con ese momento y soy feliz. Teníamos hambre y frío y estos indígenas, en extrema pobreza, nos cobijaron en sus humildes chozas en la que convivían con sus conejos cuyes. Las pulgas de estos animalitos nos cocinaron a mordiscos toda la noche, mientras estábamos atentos a que pase el camión de la mina San Cristóbal, infructuosamente.

En la mañana ayudé al médico a curar sarnas y otras cosas. Salimos llorando, no era concebible tanta miseria. Tomamos el camión de la mina y llegamos en silencio a La Paz. Si bien el paisaje me deslumbró, como una revelación divina, la realidad de la gente me hizo arder el pecho de indignación. Era un llokalla de 18 años y mi sentido de la estética nunca sería igual. Seguramente mi madre fue la única que percibió que yo había cambiado, me miró en silencio y movió la cabeza en sentido negativo, como diciendo: —¡Qué haré con este chico! Quiero volver a ese lugar, me cuentan que muchas cosas han cambiado, que prácticamente ya no vive nadie ahí y que la gente se mudó, casi en su totalidad, a Italaque y a la ciudad de La Paz, donde la mayoría se convirtieron en albañiles, empezando de ayudantes hasta convertirse en maestros.

¿Por qué estoy contando estás cosas? mi plan era escribir sobre la nominación de La Paz como ciudad maravillosa. Tal vez sea por las diatribas de unos señoritos que le encuentran mil defectos y no penetran el lado indígena que concentra la riqueza cultural de esta ciudad, escindida en Chukiwayu Marka y La Paz city donde ellos viven y no sospechan del gran esfuerzo que significa erigir una urbe que concentra una dicotomía social que se repite en otras ciudades. Tal vez, desde su apoltronamiento en sillones de las ONG sientan el temor que anunció Carlos Medinaceli, de una clase social en decadencia que ahora tiene que trabajar, pero no sabe hacerlo y quieren volver al pasado.

No solo es el paisaje, sobre todo son maravillosos quienes edificaron esta urbe, quienes construyeron barrios enteros que cuelgan entre el cielo y los abismos y que no permiten que se mueva una piedra si antes no se realiza una ofrenda a la Pachamama.

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