Columnistas

Ciudad y memoria

A pesar de su importancia, he sido testigo de múltiples mutilaciones a nuestra historia urbana

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:55 / 13 de octubre de 2015

Un profesor de historia me dijo un día: “Cuando una ciudad pierde su patrimonio arquitectónico por descuido o demolición, es como si una familia, en un arranque de locura, quemase sus álbumes fotográficos”. Fue una inolvidable lección para un tema tan peliagudo.

Por cierto, nadie quiere perder los pocos testimonios que le quedan de sus seres queridos. El ser humano tiende, por naturaleza, a conservar sus memorias y recuerdos como una referencia de vida y como un mecanismo de identidad (palabra clave) y permanencia. De ahí que, como en una familia, una ciudad debe conservar sus plazas, monumentos y edificios que nos ligan a esa acumulación de apegos y evocaciones que construyeron nuestros antepasados. Pero, a pesar de ello, he sido testigo de múltiples mutilaciones a nuestra historia urbana. Como son mutilaciones irreversibles, es menester reflexionar sobre las causas que nos hacen cometer semejantes canalladas.

Me aventuro a citar dos. La primera, y más perversa, es la revancha política que unos procesos políticos se toman respecto a otros. Es un desquite para dejar en claro de quién es el perdedor y quién es el que inaugura una “nueva era”. La historia humana está colmada de esos extremos. Por ejemplo, el Barón Haussmann decidió en el siglo XIX arrasar el París medieval para abrir la ciudad e instaurar un control autoritario a los revolucionarios que luchaban en barricadas. Otro ejemplo, el sueño frustrado de Hitler de una nueva capital: Germania. Ésta se construiría devastando Berlín con una monumental avenida para multitudinarios desfiles, que remataba en un gigantesco salón con la cúpula más grande del planeta. Pero, sabemos todos, Adolf Hitler perdió la guerra y del urbanismo nazi solo quedan algunos retazos.

La segunda razón es muy propia de nuestra condición social. Somos una sociedad variopinta que no tiene un solo paradigma cultural. Somos pluriculturales. Y si a ello sumamos nuestra movilidad social extrema, tenemos un resultado de miedo: una sociedad en permanente inestabilidad cultural y sobresaltos sociales que afectan a nuestra búsqueda de identidad. Mutamos sin cesar y no conservamos apegos y referencias sólidas. Ergo: podemos quemar nuestros álbumes fotográficos cada vez que nos venga en gana y sin derramar una lágrima.

Sin embargo, más allá de esas reflexiones, me haré entender con un ensayo futurológico. En unas décadas es posible que otro político triunfador, combo en mano, decida demoler esa famosa y humilde casita de Orinoca para construir ahí un inservible edificio. No se extrañen de tal abuso. Así de torpe e irreflexiva fue, es y será nuestra historia de revanchas políticas y su consecuente pérdida de patrimonio y memoria urbana.

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