Columnistas

Ciudad y poder

El paisaje urbano de El Alto tiene un antes y un después con la obra del padre Sebastián Obermaier.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:06 / 16 de agosto de 2016

Dejar huella en la historia de la ciudad es una obsesión milenaria. Manía de líderes políticos, religiosos o artísticos, desde Ramsés hasta Erdogán, desde Imhotep a Le Corbusier. Todos quieren inmortalizarse ejecutando su poder sobre la ciudad: tiranos, grandes estadistas o papas con motivaciones varias que van desde la mitomanía a la pulsión de vencer a la muerte.

Muchas de estas obsesiones quedan en la historia como grandes logros de la humanidad, otras como crasos errores. Cuando en el siglo XIX Napoleón III encargó al solemne Barón de Haussmann la transformación del París medieval les llovieron críticas. Sin embargo, el prefecto, que demolió hectáreas de patrimonio, creó los grandes bulevares y bosques que ahora admira todo el mundo; es decir, la imagen de la ciudad de las luces. En la otra acera, en 1983 el dictador rumano Ceaucescu y su arquitecta Anca Petrescu demolieron manzanos del centro de Bucarest para edificar un mamotreto gigantesco de 340.000 metros cuadrados, que bautizaron como (vaya coincidencia) la Casa del Pueblo; a la fecha un fiasco histórico.

Es difícil establecer las razones del éxito histórico de las mitomanías. Quizás sea un atino cultural, de escala arquitectónica, o un don para intuir los imaginarios futuros de una sociedad. Pero dejemos de lado estos ejemplos universales y aterricemos comentando una experiencia local.Si existe algún “urbanista-arquitecto” en este país que dejó una huella imperecedera en el paisaje urbano fue el padre Sebastián Obermaier. No existe ningún otro personaje, ni político ni profesional, que haya logrado lo que hizo este prelado en 40 años de actividad constructora con más de 70 templos en El Alto. Puedo afirmar sin retaceos que el paisaje urbano de esa ciudad tiene un antes y un después con la obra de Obermaier que, además, fue motivo de portada en el New York Times.

Nunca supe los motivos de tan notable padre para tomar los elementos del mundo popular de los 70 y aplicarlos a sus iglesias. Son iconografías extraídas del mundo artesanal, de la Feria de Alasita, de construcciones pioneras que ahora conocemos como “cholets”, con un guiño bávaro en las cúpulas. Sin duda, y más allá de gustos y colores, una notable muestra de sagacidad creativa y simbólica. Con ella, Obermaier recuperó el poder de la Iglesia Católica sobre las evangélicas y marcó un nuevo perfil urbano que representa el potencial de esa sociedad pluri-multi en este nuevo milenio. Es peliagudísimo representar una sociedad con arquitectura. Si no están de acuerdo, les desafío a que se atrevan a realizar algo similar en La Paz. Les doy otros 40 años.

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