Columnistas

Ciudad y rejas

Toda reja en cualquier momento y en cualquier lugar es una afrenta abominable

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez / La Paz

06:40 / 10 de mayo de 2016

Toda reja en cualquier momento y en cualquier lugar es una afrenta abominable. Se trata de un agravio a la libertad ciudadana que se condena en todo texto constitucional o de derechos humanos. Enrejar la ciudad es una iniquidad para todas las sociedades. Y, es una pena decirlo, tiene sus peores manifestaciones en las ciudades del sur; en el llamado tercer mundo que, se supone, conserva los mayores lazos humanos. Pero no, no es así. Si uno repasa las ciudades latinas puede ver cuán lejanos estamos de esa leyenda humanitaria que decimos tener los del sur. Pero aquí decidimos sin miramientos ir al tope. En esta tierra se enrejó el centro de la ciudad para impedir el paso a gente con discapacidad.

No sé si en el Gobierno central saben del peso que pueden tener en la historia los imaginarios urbanos. No sé si aquilatan el valor de esos constructos sociales que se fundan en profundos atavismos y evocaciones. Los imaginarios que están naciendo de ese acto torpe y canalla se impondrán a los intentos mediáticos con los que tratan de minimizar ese afán carcelario. Más allá del manoseo político de unos y otros me pregunto: ¿cómo puede ser posible que impidamos el paso a gente que ya tiene en esta ciudad múltiples barreras topográficas, urbanas y arquitectónicas? La Paz es todavía una ciudad poco amigable con las personas con discapacidad, con la gente de edad y con los niños. Pero, una vez más, vemos cómo nuestra política pudre la sensibilidad y a los medios, banalizar esa descomposición.

Enrejar la ciudad es una práctica de larga data. Otrora se cercaban las propiedades para cuidar la condición de clase. Ahora se levantan rejas para proteger intereses en una ecuación simple: a más plata, más altura. Y de las casas pasamos a enrejar barrios. Se desarrollaron las urbanizaciones cerradas con guachimanes en el portón de ingreso y cercos en todo el perímetro. Si uno piensa que esta es una costumbre de los barrios del sur, se equivoca de cabo a rabo. En El Alto hay zonas cerradas con penas y crueles martirios hasta la muerte si osas entrar en ellas.

De las casas y barrios pasamos a enrejar los espacios públicos. Gestiones municipales decidieron enrejar los parques y las jardineras ante la “barbarie” ciudadana, y todas las canchas de pasto sintético de este tiempo se entregaron cercadas. Son tiempos de segregación y discriminación ciudadanas.

Pero lo que ahora vivimos ya es un acto socialmente impúdico. Y tanto ustedes como yo, que no somos agentes del imperio ni vendepatrias sino simples ciudadanos, somos testigos de una página negra en nuestra historia urbana porque alguien prohibió la entrada al centro a los compatriotas más vulnerables, enrejando todos los accesos posibles.

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