Columnistas

Ciudadelas letradas

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:16 / 19 de abril de 2018

Perdida en el fárrago de noticias sobre Siria y el último concierto de Beyoncé, en una nota publicada días atrás (Los Tiempos 15/04/18), algunos rectores de universidades públicas y privadas manifestaron su preocupación (o alarma) por las capacidades de los bachilleres que aspiran ingresar a las universidades. Entre otras debilidades, reconocen que acarrean “problemas serios en lectura comprensiva (y) ortografía”.

Esos y otros diagnósticos revelan un problema “estructural” de la educación boliviana: la calidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje, un tema cuyo análisis demanda un estudio tan riguroso como urgente. No obstante, si evaluamos la última reforma educativa (la enésima), y particularmente la renovación de la currícula, empleando como criterio las capacidades de lectoescritura de los universitarios de primer semestre, estaremos forzados a reconocer su fracaso. Ahora, este no es un problema exclusivo de los colegios, atinge también a las universidades, y su efecto es devastador.  

Hoy, el principal problema pedagógico de las universidades radica en las débiles o fracturadas capacidades de lectoescritura. Esta evidencia es escandalosa en sí misma, pues se supone que éstas ya han sido adquiridas; sin su dominio, el aprendizaje resultará incompleto y tortuoso. No se trata de debilidades aisladas en ortografía, todo el mundo de la escritura está comprometido: la comprensión de textos académicos, la redacción de resúmenes, la construcción de frases, la gramática (desde la concordancia de género y número hasta la sintaxis), la argumentación; en fin, el goce y la aventura de leer libros.  

Aprovecho mi experiencia de profesor universitario para decir dos obviedades al respecto. En las últimas décadas la matrícula universitaria ha cambiado su composición social y cultural; la universidad pública ha integrado a jóvenes campesinos que migraron a las ciudades, cuya lengua materna es el quechua o el aymara, y que recibieron una deficiente educación en los colegios provinciales. Este crecimiento no ha sido acompañado por un cambio en las formas de enseñar y aprender bajo el signo de la interculturalidad.

Segundo, la revolución digital ha trastornado las formas de leer. El uso cotidiano y masivo en soportes digitales ha vuelto obsoleta, gris y aburrida la lectura de textos impresos. Preciso, no es cierto que los universitarios no lean del todo, lo hacen de otra manera: leen fragmentos dispersos en la Red, de manera azarosa, sin descomponer los sentidos del texto, superficialmente. Bajo esta influencia, la escritura es telegráfica y desprolija, prescinde de la gramática. ¿Cómo integrar ambos formatos? ¿Cómo enseñar a leer y escribir en la universidad al mismo tiempo que se transmiten conocimientos? Sin una respuesta a estas preguntas en sentido estricto elementales, no podrá haber “ciudades del conocimiento”.

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