Columnistas

Ciudades utópicas

La ciudad utópica más perversa y atroz, concebida y construida, fue Jonestown

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:37 / 12 de mayo de 2015

El ideal de concebir y construir ciudades utópicas en América es de larga data. Se pueden instaurar sus inicios con las primeras ediciones de la Utopía de Tomás Moro y la llegada de los españoles por estas tierras. Con un inmenso territorio a ser conquistado, los conquistadores desplegaron ordenanzas y leyes para copar esta extraordinaria geografía. Algunas de esas disposiciones eran de línea platónica que, con un impresionante esfuerzo, dejaron las bellas misiones de Moxos y de Chiquitos en el oriente boliviano.

Aparte de la conquista y las ciudades que se fundaron, la literatura cebó de este tema. Los textos sobre ciudades utópicas son muchos y, de todos ellos, quizás el más subyugante sea La Ciudad Anarquista Americana de Pierre Quirole publicada en Argentina, en 1914. En ese relato utópico, Quirole (seudónimo del francés Joaquín Falconnet) renueva el mito del tesoro que obsesionó a muchos ladrones: El Dorado. Según el francés, la ciudad se llamaría Las Delicias y estaría ubicada en Buenos Aires, Argentina. Ahí, el autor despliega su utopía urbana bajo dos dimensiones poco porteñas: el no-lugar y la prolongación del tiempo. Menuda trama de lectura recomendable.

Aparte de la ficción, fueron cientos los intentos reales de crear ciudades ideales. Citaré a dos de ellas que son antitéticas y nos dejan lecciones de mucho valor. La ciudad utópica más perversa y atroz, concebida y construida, fue Jonestown, erigida por la secta el Templo del Pueblo en la Guyana y a iniciativa de un gringo desquiciado: Jim Jones. En esa comunidad, que se la presentó como un paraíso, Jones gobernó con mano de hierro bajo un control absoluto y hegemónico inspirado en una concepción abominable sobre la culpa y el pecado cristianos. El experimento terminó en 1978 en el mayor suicidio-crimen colectivo de la historia humana. Casi un millar de hombres, mujeres y niños fueron obligados a tomar cianuro con el pretexto de llegar al reino prometido.

En el otro extremo de los experimentos urbanos está la metrópoli utópica más bella: Ciudad Abierta, al norte de Valparaíso en Chile. Es el experimento idealista más logrado de América. Sus creadores la fundaron sobre la belleza de actos poéticos. Un día de enero de 1971, el arquitecto chileno Alberto Cruz y el poeta argentino Godofredo Iommi leyeron el acta fundacional para inaugurar, líricamente, esa ciudad. A partir de esa fecha se construye este hermoso experimento urbano que se liga a un encomiable trabajo académico basado en la búsqueda de la belleza y la convivencia extrema.

Vaya moraleja. La ciudad del control unitario y facistoide desapareció cruelmente de nuestra América, y la ciudad que nació con la poesía y la armonía vive y se construye plácidamente día a día.

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