Columnistas

¿Cochabamba, un oasis?

La narrativa histórica describe a Cochabamba estructurada a través de un mestizaje idílico

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:47 / 09 de septiembre de 2014

El próximo domingo es el Día de Cochabamba; por tanto, una vez más se reactivará al unísono aquella narrativa histórica que señala a los valerosos criollos, especialmente mestizos, como los grandes protagonistas de la ansiada liberación del yugo ibérico. Una narrativa que además está asociada con aquella visión idílica de que los cochabambinos vivimos en un lugar bendecido por todos los dioses (y diosas). Descripción paradisiaca vinculada sin duda al denominativo de “granero de Bolivia” y a su infaltable clima prodigioso, y que fue propalada a doquier y con creces por muchos intelectuales, artistas y creadores literarios cochabambinos.

Asimismo esa visión cuasi celestial “contaminó” la narrativa histórica. De allí que el mestizaje, rasgo constitutivo de la identidad cochabambina, en el discurso histórico local devendría del periodo incaico (Silvia Rivera, a contrapelo de esta narrativa, señala que su origen es colonial y, por tanto, violento), urdiendo que Cochabamba era un espacio multiétnico, desoyendo en este sentido a Michel Foucault, quien señala que “las relaciones sociales son fundamentalmente relaciones de poder”. Es decir que la narrativa histórica describe a Cochabamba estructurada a través de un mestizaje idílico, un proceso socio/cultural que supuestamente logra zanjar las tensiones raciales.

La historiadora norteamericana Brooke Larson, preocupada por los entretelones identitarios cochabambinos, sostuvo la tesis de que el mestizaje se había forjado a través de las interacciones sociales en los espacios de la cultura popular. Incluso uno de los ejemplos que utiliza para sostener esta tesis parece sacado de una caricatura: decía que las chicherías eran una suerte de oasis democráticos (como diría José H. Gordillo), en los que el pongo y el terrateniente se encontraban, y a raíz del néctar de los dioses (la chicha), limaban las asperezas raciales. Así se configuró el discurso del mestizaje idílico cochabambino.

“Cochabamba única, tierra de encuentro” se leía en un letrero instalado en el puente de Cala Cala, que condensaba esa visión idílica del mestizaje cochabambino. Como si fuera una carnada del designio, ese letrero, que se puso para una cumbre internacional en diciembre de 2006, se quedó para, un mes después, ser testigo de los enfrentamientos con ribetes raciales del 11 de enero de 2007, entre ciudadanos cochabambinos acomodados de la zona norte y sectores populares de la periferia urbana y del área rural. Así, como si fuera un castillo de naipes, el discurso del mestizaje idílico se desmoronaba.

A nuestro juicio, un hecho histórico constitutivo que pasó inadvertido para el imaginario discriminador/excluyente cochabambino es la sublevación indígena de 1781 en Oruro, que fue detenida por los “mozos cochabambinos” en Cochabamba cinco años después, en 1786. La importancia de esta lealtad a la Corona española es tan significativa que incluso, por orden del rey Carlos III, la que hasta entonces era conocida como la Villa de Oropesa cambió de nombre por la ciudad de Cochabamba. Esa marca indeleble de “leal y valerosa” signó aquella construcción civilizatoria, discriminatoria y excluyente, que se inscribió en el propio sentido de Cochabamba, y se prolongó hasta nuestros días, impregnada por la mentalidad darwinista. O, como diría el entrañable Mario Benedetti, “En ciertos oasis el desierto es solo un espejismo”.

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