Columnistas

Cochabamba en septiembre

Todo historiador sabe que se puede investigar el pasado, pero de ninguna manera modificarlo

La Razón / Gustavo Rodríguez

00:02 / 01 de septiembre de 2013

Cochabamba ya no es lo que era. La expansión descontrolada de la mancha urbana amenaza con arrasar sus otrora productivos valles. Y si la tendencia sigue, como es altamente presumible, del Granero de Bolivia y la Ciudad Jardín sólo quedará sus nombres fantasmales o sus restos desechos por edificios, pavimento y la degradación del medio ambiente.

Desde este domingo, el recuerdo de las jornadas del 14 de septiembre de 1810 dominará la festividad cívica y de las otras. Se traerá sobre una cureña al son de bandas militares los restos, considerados sagrados, de Esteban Arze, y se ignorarán a los verdaderos artífices de aquel lejano septiembre, como Francisco del Rivero; y nadie, o casi nadie, se preguntará por qué, en medio de la rutina que impone la memoria, impuesta como costumbre. Luego, los héroes o heroínas serán guardados en los armarios y olvidados hasta el año próximo

Las sociedades que mutan se agarran del pasado como un ancla segura en mares agitados. ¿La pregunta del millón es qué pasado? Todo historiador sabe que se puede investigar el pasado cotejando documentos, pero de ninguna manera modificarlo. Otra cosa es el valor que otorgamos al pasado en la construcción de un sentido común, una identidad y una memoria colectiva. Este es un acto “de facto”, que puede basarse en la historia pero que no es la Historia. Se trata, en este camino de poder, de establecer o imaginar artefactos de naturaleza simbólica o ritual destinados a infundir normas de comportamiento,  mediante una continuidad con el pasado. Las fiestas cívicas y conmemoraciones son las que mejor se prestan a este propósito, pues, con su guirnalda de héroes (y algunas pocas heroínas), fijan un principio de orden cronológico y un punto de origen; es decir, establecen desde dónde se puede narrar, quién puede narrar y qué se puede narrar.

Al señalar que en 1810 comenzó la independencia de Cochabamba, admitimos que fue desde allí, en ese acto colonial y español, que existimos como moradores de una comunidad urbana y que sepultaremos todo otro registró humano. Robert Duncan ha llamado a ello un “pasado histórico deseable”. ¿Qué ocurre cuando protagonistas olvidados e indígenas demandan estar presentes en una memoria construida desde las élites? El pasado no habla por sí mismo, sino que se lo hace hablar. Tampoco tiene reconocimiento per se, pues este se otorga desde un presente cambiante. Si el contexto se modifica, no cambiará el pasado, sino el valor en la huella mnémica que se le otorgue. En otros términos, lo que está en disputa no es sólo qué ocurrió el 14 de septiembre de 1810, sino y en propiedad qué significado se le confiere ahora en la construcción de una región con diversidad. En una sociedad dividida en clases y etnias (¿naciones?) como la nuestra, ¿es posible recordar colectivamente? ¿Qué es posible y necesario recordar?

Quienes actuaron en 1810 fueron hombres y mujeres que les tocó jugar en un campo no predeterminado sin anticipar sus resultados en una nación concreta. No fueron, pues, héroes, heroínas o traidores por anticipación o por destino. Quizá, incluso a contrapelo de la historiografía tradicional aún en boga, calificarlos por su entrega heroica, recompensada para la inmortalidad en el bronce o las calles, no sea el mejor recurso para contar y (re)conocer sus vidas.

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