Columnistas

Coherencias festivas

La Razón / Mónica Machicao

00:10 / 01 de diciembre de 2011

Navidad es una de las pocas épocas del año en las que usualmente el resto de la humanidad está más estresada que yo. Y eso es que los periodistas andamos por la vida como si siempre hubiera una catástrofe en puertas. Me explico: no compro regalos. Por lo tanto, soy inmune a las tiendas, ferias, los empujones, correteos de última hora que en suma se encargan de empañar el festejo y desvirtúan el espíritu de la fiesta.

Como parte de una familia creyente pero de diferentes pertenencias religiosas, la festividad se remite de manera democrática y consensuada a una celebración de la esencia, compartir lo más posible con la familia y agradecer las bendiciones de Dios.

Mi particular Navidad no incluye regalos ni para los niños. Con ellos, más bien, horneamos galletas y panes dulces. Planeamos por semanas las tarjetas que harán y regalamos lo producido en nuestra cocina a quienes están cerca de nuestros corazones. Los presentes especiales los dejamos para los cumpleaños, así no se confunde una fiesta dedicada a Dios y la familia.

Entenderán que la aplicación práctica de mi espíritu naif ha provocado ya diatribas de todo tipo. ¿Y de qué van a vivir los que esperan las fiestas para ganarse unos pesitos para el pollo y el vino? Lo raro es que la mayoría de los que me han venido con este cuento son quienes, en vez de comprar chompas bolivianas, juguetes de Anatina Toys, regalos de Walisuma o productos del mercado artesanal, apoyando a la industria del país, prefieren fortalecer la explotación laboral china y al monstruoso contrabando que, seamos claros, es la expresión abierta y descarada de una mafia de fraude y delincuencia que nos corroe como país. Mi caridad cristiana no está del lado de ellos ni ahora ni nunca.

Así sea fuera de la época de la Navidad evito, rehúyo, reniego cuando las circunstancias me obligan a subir a la Huyustus o la Eloy. No me siento bien conmigo misma pensando que esas mafias matan COA, meten basura con llantas ensuciando el aire de mi ciudad, cambian mercadería por cocaína. Comprarles me parece intolerable. Casi tanto como confundir la celebración del nacimiento del Redentor a juguetitos de plástico o chucherías asiáticas que se regalan “por cumplir”.

Pero quienes además quieran ser coherentes con el gasto de su aguinaldo en la vacación se las verán nuevamente difíciles, me temo. Mi amiga Cecilia Lanza dice apenada: “Yo quería ir a la Chiquitanía y con tanto conflicto parece que un año más se frustra el turismo interno. Me molesta pensar que voy a tener que elegir ir a Chile, en vez de gastar conociendo el país”. Sabiendo que para su familia el 2010 Tupiza quedó en el olvido gracias al gasolinazo, es un temor justificado.

Podemos reclamar mucho y a cada paso por las cientos de protestas que abarrotan nuestras calles y ahora parecen no respetar ni diciembre.

Pero si tuviéramos mayor compromiso por apoyar las iniciativas productivas del país, la importación legal, el turismo interno, provocaríamos un círculo virtuoso, un milagro navideño en el país que mejoraría la vida los compatriotas y acabaría con muchas de las protestas.

Según recientes publicaciones del PADEM, en Bolivia se necesitan 400 mil nuevos empleos cada año. La pobreza ataca sobre todo a los jóvenes que salen del colegio y no encuentran oportunidades ni para capacitarse ni para trabajar. Es fácil deducir que una toma de conciencia de nuestra responsabilidad ciudadana a la hora de gastar es urgente.

Podemos reclamarle de todo al gobierno de turno, pero es cierto que las oportunidades también las generamos nosotros. Ser coherentes comprando productos reciclados, ecológicos, de precios justos, que paguen impuestos, son bendiciones traducidas en empleos dignos posibles no sólo en Navidad, sino durante todo el año.

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