Columnistas

Compartir el espacio público en el exterior

El uso de espacios públicos con sentido cultural apunta a homologar otro tipo de intereses

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas *

23:55 / 26 de abril de 2017

En los últimos tiempos la comunidad boliviana se ha “apropiado” desde lo escénico algunas plazas así como la Av. de Mayo de Buenos Aires (esta última un espacio público de primera importancia en esa urbe), lo cual no deja de sorprender. Y es que este grupo de inmigrantes ha logrado conquistar ese espacio urbano para exhibir y vivir una experiencia cultural a través de demostraciones folklóricas. Sin embargo, no es difícil adivinar también que dichas manifestaciones han estado acompañadas del disfrute culinario típico, lo que quizá no sea del agrado del argentino bonaerense promedio.

A pesar de ello, ese tipo de eventos urbanos no es nuevo en la historia de las ciudades, ya que existen otros despliegues que alcanzaron incluso fama mundial. Tal es el caso del Año Nuevo Chino en San Francisco (Estados Unidos) o el Día del León en París (Francia), sin olvidar desfiles como del Día de Colón en Nueva York o de San Patricio en Boston. Todas esas muestras intervienen en el paisaje urbano de esas grandes ciudades con una escenificación particular, que se apoya en una alegoría lograda a través de banderines con motivos étnicos que se exponen en las calles.

¿Y qué es lo que buscan aquellas demostraciones como usufructo de importantes culturas? Al parecer, el uso de espacios públicos con sentido cultural representa un medio para homologar otro tipo de intereses; por ejemplo en el caso señalado al principio, sentar presencia en Argentina de la numerosa comunidad boliviana que allí radica, o romper barreras culturales disfrutando de costumbres festivas propias del país de origen.

En esa línea, hoy se observa que los descendientes de migrantes construyen una personalidad más definida en cuanto a sus derechos, actitud que se constituye en un verdadero problema para los países que los acogen. Y esta cuestión deja al descubierto la marcada diferenciación entre nosotros y ellos (migrantes y “naturales”).

También resulta patente cómo ciertas ciudades controlan y norman, hasta con cierto celo, las actividades de los migrantes. Pese a ello, resulta casi imposible regular la vida urbana, por ejemplo de los migrantes turcos o árabes en Europa, así como la de los bolivianos en Argentina.

Parece ineludible entender que las ciudades no tienen una vida urbana estática y que el recibir otro tipo de culturas las dinamiza mucho más, aunque muchas veces esas expresiones culturales foráneas rompan la imagen urbana del ayer. Un ejemplo es cómo los migrantes venden detalles recordatorios en ciertas calles turísticas, cuya arbitrariedad con lo establecido en esas ciudades es aceptada solo porque se trata de la venta de souvenirs.

Asimismo, si bien las manifestaciones folklóricas en el exterior logran marcar simbólicamente la zona urbana, no siempre obtienen la admiración de los espectadores, sino más bien opiniones que, desde otra óptica, señalan que esa necesidad de reforzar la identidad cultural representa una forma indirecta de negociación para establecer relaciones más profundas entre comunidades.Para terminar, es evidente que existen escritos que afirman que los territorios de perfiles distintos son imprecisos porque se autoedifican como diferentes. Y es justamente aquello lo que los divide, y quizá exige a los inmigrantes comprender que la identidad no debe vivir en quietud.

* es arquitecta.

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