Columnistas

Cómplices de la muerte

Este maravilloso país no merece convertirse en cementerio de la violencia que genera el narcotráfico.

La Razón (Edición impresa) / Lourdes Montero

02:31 / 14 de octubre de 2013

Un 5 de septiembre de 1986, hace 27 años, murió Noel Kempff Mercado, asesinado por narcotraficantes en las Serranías de Caparuch. Recuerdo que, a mis 18 años, fui parte de una gran marcha de indignación y rabia contra sus asesinos, pero sobre todo contra una sociedad indolente que se hacía de la vista gorda frente al enriquecimiento ilícito del narcotráfico. Nadie podía explicar cómo la muerte nos había arrebatado a ese hombre amante de la naturaleza, botánico autodidacta, símbolo del orgullo cruceño. Luego supimos que, en uno de sus viajes de investigación, su avioneta aterrizó por error en la pista clandestina de una fábrica de cocaína y, sin más, fue acribillado por un grupo de sicarios.

Esta muerte marcó un punto de inflexión en la conciencia colectiva nacional y especialmente de Santa Cruz. La brutalidad de los hechos y la gran pérdida que significó la muerte de Noel Kempff nos confrontaron con la insensata tolerancia hacia los efectos multiplicadores de la economía del narcotráfico. Hasta ese momento no era mal visto que algunos vecinos, familiares y amigos gastaran su dinero en fiestas y regalos compartidos con todos. No parecía mal beneficiarse de una bonanza cuyo origen no cuestionábamos. Y de pronto, como diría Miguel Hernández, “un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida” nos mostró la realidad: todos éramos cómplices de esa muerte, todos los que sonreímos ante el enriquecimiento ilícito, el dinero fácil, la corrupción campante.

Hoy la muerte de un joven nos conmueve el alma y salimos a las calles a decir basta. Nuevamente, como hace 27 años, salimos a marchar para recuperar la conciencia. Somos cómplices de la muerte si volteamos la cara frente al enriquecimiento ilícito sea por narcotráfico, robo, contrabando o corrupción. Y decimos basta porque junto a ese joven están muchos otros que sólo han logrado ser noticia por un día.

Y decir basta fuerte y claro puede ser un gran paso contra la violencia cotidiana de sentir temor al caminar por las calles poco alumbradas o silenciosas; tener miedo a salir o regresar a nuestras casas, pasear por los parques con nuestros hijos. No podemos seguir temerosos, esperando que los sicarios de la droga y la delincuencia nos perdonen la vida. Este maravilloso país que amamos no merece convertirse en cementerio de la violencia que genera el narcotráfico. Que la marcha del pasado viernes nos despierte de la pesadilla que ha sido escuchar en la radio y en la televisión que la vida no vale nada.

Con espanto leímos que “donde cayó la víctima, hubo sangre, pero algunas personas la limpiaron y continuaron la fiesta y la borrachera”. Nuevamente fuimos cómplices de la muerte.

Así como Hanalí Huaycho nos sacudió como sociedad para enfrentar la violencia contra las mujeres, recordemos a Álvaro Escalante como el símbolo de la lucha contra la inseguridad ciudadana, contra la muerte por estar en el momento y en el lugar incorrecto, contra el control de nuestras calles y plazas por parte de la delincuencia. Creo que es el único consuelo que podemos ofrecer a esos padres que hemos visto quebrarse frente a tanto sufrimiento.  

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