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Compromiso

La Razón (Edición Impresa) / La columna sindical - María luisa Quenallata

00:00 / 25 de octubre de 2015

Imágenes de televisión, descripciones radiofónicas y noticias en los periódicos sobre casos de violencia  nos “salpican” de sangre y dolor todos los días, ya que tienen en mujeres, adolescentes y niños a sus peores víctimas. Y todo, pareciera, en un “ranking” de delitos con mayor degeneración y saña que no terminan de sorprendernos.

En el caso de las niñas y adolescentes, las violaciones con todo tipo de matices están a la orden del día: padres (tíos, primos, abuelos, vecinos) que las abusan, a veces durante años y hasta las embarazan; enamorados que además de vejarlas, las golpean y hasta las matan; amigos o compañeros de curso que las violan en grupo y en algunos casos las eliminan.

Consecuencia de lo anterior, para las que sobreviven: el nacimiento de niños que durante el resto de su vida sufren maltrato infantil por ser fruto de una vejación (a veces hasta llegar a la muerte) o que terminan siendo abandonados o asesinados de la manera más cruel.

Respecto a las mujeres adultas (enamoradas, convivientes o esposas), los reportes policiales señalan que luego de meses o años de relaciones marcadas por la violencia (a raíz de celos, sustento familiar, pensiones para los hijos y otros), terminan acuchilladas, quemadas, cortajeadas en pedazos, ahorcadas, con marcas y quemaduras en el rostro, y otras salvajadas. El saldo, nuevamente: niños que quedan en una miserable orfandad y que por el grado de violencia que atestiguaron o del que fueron víctimas (y quizás lo sigan siendo por parte de los parientes con los que se quedan a cargo), se convierten en los potenciales futuros agresores u objetos sumisos de la violencia intrafamiliar.

Duele y desgarra ver el sufrimiento de las víctimas y su entorno, pero también nos conmina a no aflojar en la dura lucha contra los distintos tipos de violencia. Sea a partir de la concienciación a nuestro entorno más cercano, la difusión de mensajes en las redes sociales, la denuncia a las líneas gratuitas o a las autoridades cuando se sabe de algún caso, la exigencia de que en los colegios con los que tenemos contacto y en nuestras juntas vecinales se aborde esta temática a partir de distintos eventos... en fin.

Sin duda, un escenario mucho peor sería, como pasa en otras esferas, mirar de balcón que solo el ámbito institucional (Gobierno, Alcaldía, ONG u otras entidades) resuelva o se encargue de este flagelo.

Definitivamente, el compromiso para hacerle frente a estas altas y crecientes dosis de violencia y dolor en la sociedad debe ser ante todo personal.

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