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El Estado cambia continuamente, pero no modifica su ímpetu de dominar a la sociedad y el territorio

La Razón / Fernando Mayorga

00:00 / 25 de noviembre de 2012

El censo nos mostró, una vez más, que la sociedad es más fuerte que el Estado. Inclusive cuando está en juego la recopilación y elaboración de información útil para los afanes estatales de control y dominación, bajo el supuesto de que el Estado representa el interés general. Un supuesto plausible que también se camufla con la idea del bien común. Porque si bien el Estado responde a esa lógica, en general tiende a la unificación y a la homogeneidad, esa es su razón de ser;  a pesar de su careta oligárquico-liberal, nacionalista revolucionaria, neoliberal o plurinacional; pese a su ropaje dictatorial o democrático, y no importa que el gobierno sea de coalición, modelo democracia pactada, o de mayoría, un partido hegemónico en pos de la democracia intercultural.

El Estado se transforma continuamente, pero mantiene su carácter conservador, estático y terco, porque no se modifica su ímpetu para dominar y controlar la sociedad y el territorio, porque esa es su razón de ser. Es la razón de Estado. Power, pues. Aunque nuestro Estado sea de Alasita. El Estado boliviano es así, como si se hubiera estido. Tal vez esa sea su marca precisa, su rasgo constante, su medida perfecta, su definición exacta: Estado Estido. Y es así porque al frente está una sociedad robusta, pletórica de civismo y conciencia ciudadana como creencias/conductas que salen a relucir cuando menos se espera, porque se supone que en estos lares predomina el facilismo amoral, da pena la levedad de las instituciones formales o, como les gusta vociferar a los opositores y su coro de analistas, “es que no tenemos Estado de derecho”.  No entienden que se ha estido y que una cosa es el imperativo categórico, y otra cosa el “efecto mariposa”. 

¿Acaso la conducta de la gente no fue una demostración de apego a la norma y acatamiento de una orden proveniente de esferas estatales?  Una conducta que desconcierta si realizamos el acostumbrado balance de los comportamientos anómicos, de la conflictividad como costumbre y de las medidas del tipo “hasta las últimas consecuencias”. Y nos olvidamos que en plena etapa de polarización, hace poquitos años ¿remember?, la gente concurría a las urnas con la misma convicción entusiasmo con que enfrentaba en las calles a sus adversarios. Y vale la pena recordar las cifras y compararlas. Más del 85%, varias veces en la última década, y —en alguna oportunidad— superando la barrera del 90% de asistencia a los recintos electorales. En paz y fiesta, para decepción de los corresponsales de guerra enviados por las cadenas televisivas.

Se supone que la violencia y la conflictividad ponen en evidencia la inoperancia de las instituciones y la futilidad de la política; es decir, reducen o anulan los incentivos para ir a votar, y sin embargo... ¡sorpresa! A recordar que en Venezuela, hace poco tiempo, celebraron a lo grande porque casi el 80% de electores acudieron a las urnas. Y nosotros callados nomás. O en Chile, más cerca en el calendario, apenas poco más de la mitad de los ciudadanos fue a votar para elegir alcaldes, y se supone que es un ejemplo de respeto a la ley, el espejo en que, según algunos, hay que mirarse para aprender. Y no-    sotros callando nomás. Porque son dos países donde el Estado es robusto y en varios momentos de la historia de esos países, el Estado se deglutió a la sociedad, ya sea con botas militares o con petrodólares. Derecho de Estado, pues. Aquí no.

Así que, como dicen  los chapacos, para qué con tanto brinco cuando el suelo está parejo. 

Apostilla: El 21 todos fuimos mestizos, menos el Taylor.

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