Columnistas

¿Conciliaciones mediáticas?

La comunicación emitida por la televisión no siente, no posee conciencia, no valora, no discrimina

00:51 / 14 de enero de 2014

De acuerdo con Niklas Luhmann, la política, la economía, la cultura y los demás aspectos de la realidad social no solo encuentran en la tecnología de los medios de comunicación el recurso de su propio proceso de expansión, sino que son los propios medios de comunicación los que sirven directamente a la representación de esa compleja realidad.

Determinados por ese principio, tras el turbulento periodo 2000-2005 y con la visibilización de los actores regionales y los sectores indígenas y campesinos, actores históricamente marginados, los medios de comunicación, especialmente la televisión, pasaron a jugar un rol más importante en la proyección política de esos actores. La característica popular de un medio como RTP, o el carácter aparentemente elitista de la red ATB, entre otros, se vieron superados en ese proceso, tanto que en pleno desarrollo de la crisis la Red Unitel empezó a ser identificada como un medio “anticolla” y asociado a los círculos de poder que pasaron a resguardarse en Santa Cruz.

Quizá por efecto de ello, en la televisión abierta de hoy, a diferencia de años pasados, resulta muy común encontrar un aparente intento de conciliación de dos realidades antes difícilmente convivientes, la paceña y la cruceña, por lo menos en lo que hace a su exposición en la pantalla chica. Pues resulta que independientemente de los canales de residencia cruceña (Gigavisión, Megavisión y PAT), se encuentra programación cruceña entre los canales específicamente paceños. Es el caso por ejemplo de los programas Contame y Saberes y sabores que se emiten por la red ATB, o Cara o cruz, por la Red Uno. A ello se añadiría el programa Que no me pierda, emitido por esta misma red, que sin embargo repite una modalidad, en pantalla, que en sus años cumbre correspondía a Radio Metropolitana, cuyo programa El Metropolicial solía contar con reportajes desde las estaciones de radio del eje central que repetían la señal de la radio para dicho programa.

Pero a diferencia del último caso mencionado, la conciliación mediática de realidades, si es que tal pretensión existiría, no parece llegar más allá de la simple proyección de diferentes mundos de vida, ya que la programación de origen cruceño aparece como relleno de entretención y de distinción de un estilo de vida regionalista. Esto último no solamente por la presentación de las costumbres culinarias cruceñas, la particular forma de hablar de sus conductores, los shows en escenarios veraniegos o la farándula y el espectáculo frívolo, sino también por la puesta en pantalla de una forma particular de vida, tanto que programas como Residencias y A comprar, emitidos por Cadena A, refieren una realidad en pleno auge y no en decadencia.

En ese sentido, quizá para la televisión boliviana de hoy valga más lo dicho por Luhmann de que la comunicación emitida por ese medio no siente, no posee conciencia, no valora, no discrimina; no es buena ni mala, es simplemente un suceso ciego sin sentido ni rumbo, cuya inocuidad se basa en que no coacciona a nadie, porque la realidad que construye no obliga al consenso, sino que simplemente reproduce estereotipos por su afán de reflejar lo propio.

Por ello, parece que la televisión de hoy solo se ve obligada a mostrar aquello que antes solía ser invisible, por ello el glamour, el carnaval, el mundo del espectáculo, la compra y el despilfarro conviven con la lacerante realidad proyectada por programas como La hora del vecino, de El Alto TV, o En busca de mejores días - Yanapt'asiñani, del canal 57 CVC. Esto en lo sobresaliente, ya que más allá de ello luce la argentinofilia Del cielo al infierno, emitido por PAT, o la peruanofilia del Bigote de Red Uno, realidad de otras realidades.

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