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Confianza

Sólo quienes faltan a su palabra pueden soportar la demagogia y el incumplimiento de los compromisos

La Razón / Ricardo Paz Ballivián

03:08 / 22 de octubre de 2012

Siempre me llamó la atención que los corredores de la bolsa neoyorquina establecieran sus transacciones de manera verbal y con el respaldo único pero suficiente de su compromiso personal. ¿Cómo es posible —pensaba— que millones se pongan en juego en una operación en la que las partes den como irreversible el trato establecido sólo de palabra? Por el contrario, también me llenaba de ansiedad constatar cómo, en nuestras relaciones cotidianas, somos desaprensivos en nuestros compromisos: “Te llamo luego”, “mañana sin falta”, etcétera, utilizados como táctica inconsciente del soslayo en la que no importa sino el zafarse a como dé lugar.

Con los años me fui dando cuenta que esta segunda actitud, lejos de ser un recurso de interrelación social inmerso en un código concertado, es en realidad un pernicioso rasgo cultural que socava la confianza, base de un entramado social que pretenda pervivir en el tiempo. Cierto, sólo personas que faltan a su palabra de manera cotidiana pueden soportar la demagogia y el incumplimiento sistemático de los compromisos, incluidos los político electorales.

La situación se torna muy grave cuando nadie le cree a nadie. Cuando los ciudadanos creen que los políticos son unos mentirosos profesionales, cuando los políticos creen lo mismo de los empresarios y éstos de los trabajadores. Cuando la desconfianza es el modo elegido para relacionarse, es como vivir en medio de la selva.

El fenómeno no es de exclusividad nuestra. Francis Fukuyama, el autor de El final de la Historia, publicó hace años un trabajo denominado precisamente Confianza, en el que sostiene que, a pesar de la convergencia histórica de las instituciones económicas y políticas en todo el mundo, se sigue observando una gran turbulencia social y que esto sucede porque la vida económica está significativamente invadida por factores culturales que dependen de lazos morales y de confianza social. Esta última se halla en crisis, según el autor, y amenaza la estabilidad de las relaciones sociales. 

Los bolivianos en una circunstancia tan difícil como la que vivimos hoy, en la que estamos bloqueados física y emocionalmente, es importante darnos la oportunidad de cambiar. Es necesario repensar nuestra actitud respecto “del otro”, y permitirnos la licencia de practicar el antiquísimo principio de convivencia entre los seres humanos: la presunción de la buena fe de los actos de las personas. Hobbes nos dejó la amarga sentencia de que el hombre es lobo del hombre, y parecería que buena parte de nuestra actitud hacia nuestros semejantes parte de esa trágica premisa. Tal vez sea hora de renegar de la suspicacia y hacer una apuesta por volver a creer en nuestros semejantes.

Al fin y al cabo, es cuestión de fe.

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