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Conga

Un verdadero remolino humano de autoridades y danzantes zarandearon al gringo de un lado a otro

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

03:43 / 09 de junio de 2015

El actor Jude Law relató en un conocido programa de la televisión estadounidense la experiencia festiva que vivió en el Palacio de Gobierno y en la plaza Murillo de esta ciudad. Entre sorna y embeleso contaba su participación en el baile de la conga (sic) por 25 minutos, que le parecieron una eternidad. Si supiera este buen actor (pero pésimo folklorólogo) que aquí la fiesta dura 365 días del año, no haría tan simplonas alusiones tribales.

Afortunadamente vi esa escena en directo transmitida por la televisión local. Era un verdadero fiestón andino de ch’alla carnavalera: un verdadero remolino humano de autoridades y danzantes zarandearon al gringo de un lado a otro, al son de tarkas y tambores, en medio de bellos textiles y humos rituales. Como el actor recién bajaba del aeropuerto, estaba lívido y bruto. Sus guardaespaldas estaban horrorizados. No entendían lo que les pasaba y nunca entenderán nuestra inveterada relación con la fiesta.

Para evitar el juicio altanero o el reproche discriminador sobre nuestro afán lúdico, es bueno repasar estudios de antropología y etnohistoria. Según el antropólogo J. Janusek, tenemos fiesta desde los remotos tiempos del Estado tiwanakota. En su investigación establece que “las relaciones de poder a menudo se centraban en rituales que involucraban grandes cantidades de comida y bebida. Las fiestas eran rituales políticamente cargados.” Además, “en los importantes centros de los Andes los gobernantes patrocinaban las fiestas públicas como una forma de mantener un ideal de reciprocidad con las poblaciones locales. Ésta era una estrategia clave para recrear y reproducir el Estado”. Continúa enfatizando que, a través de la fiesta, “los gobernantes, quienes eran generosos proveedores, promovían la coherencia de la entidad política”.

Con ese dato histórico de nuestro gen político-cultural podemos comprender por qué tantos mandatarios, golpistas o demócratas, se quieren congraciar con nuestra fiesta.  Muchos de ellos se apegan al folklore tardíamente y se les nota. Se ven forzados a danzar nuestros ritmos y con torpes pasos de Robocop bailan un tipo particular de conga.

A esa base precolonial hay que sumar la herencia festiva ibérica que tampoco es recatada. La suma de ambas vertientes dio como resultado fiestas como la de Jesús del Gran Poder, que acaba de pasar y que recomiendo presenciar en el día posterior a la entrada, para vivir la extrema “efervescencia colectiva”. En ella un tema espanta y pone en riesgo esta fiesta: el abuso del alcohol. Puedo atestiguar (“tenemos las imágenes”) que algunos fraternos no bailaban, deambulaban en sus bloques tratando de seguir los ritmos andinos, pero les salía otro tipo, más rimbombante aún, de conga.

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