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Conocer y valorar

El conocimiento nos salva. Nos acerca con respeto a los otros, a los ignorados, a los menospreciados, para valorarlos, para saber que tienen otras formas de vida.

La Razón (Edición Impresa)

00:08 / 17 de agosto de 2017

Ámbar, jade, seda, té, arroz, pieles, comidas y bebidas exóticas fueron, entre muchísimas otras, las maravillas que descubrió Marco Polo en su recorrido por la Ruta de la Seda en el siglo XIII de nuestra era. En el Asia había una civilización muy antigua, con una cultura milenaria que entrañaba grandes conocimientos científicos, médicos y tecnológicos extraordinariamente avanzados para la época desde el punto de vista de la Europa medieval.

Luego la mirada cambió y los espaguetis se conocieron como italianos, ignorando que 2.000 años antes los chinos los habían inventado. Razón por la cual en los mercados de ciudades como Xian o Pekín aún se puede ver la destreza con la que maestros chinos los preparan y los enrollan.

El té no fue inglés, también lo llevaron a Inglaterra desde el Asia en sus distintas variedades. Sirvió de intercambio para el opio, la forma más elegante que tuvieron los británicos para someter al imperio de Oriente y hacerse de Hong Kong.

El chocolate que bebían los mayas en tazones de cerámica hecha manualmente antes del descubrimiento de América no fue suizo o belga, aunque ahora nos lo vendan envuelto en papel estañado a cambio de precios exorbitantes.

Y así podríamos seguir citando la enorme cantidad de productos, conocimientos y saberes que fueron llevados desde regiones remotas para constituirse en los cimientos de la cultura Europea. En este siglo XXI los orígenes de esas maravillas quedaron olvidados, y en el torrente de información mediocre y superficial a la que la globalización nos acostumbró, quedan disminuidos e ignorados los pueblos que inventaron tales encantos.

Mientras nos asfixiamos en el estrecho callejón de las redes sociales, de la televisión basura, del chisme, de Neymar y su baile de millones, de Trump y sus trampas xenófobas, no podemos percibir el enorme mundo que hay por descubrir. Sabores nuevos, sonidos diferentes, libros que no son bestsellers sino ejemplos de verdadera sabiduría e inteligencia. Charlas enriquecedoras, donde con cada frase se afianzan los valores, se obtienen datos, se aprende de historia y ciencia. Hay mucho que ver, que probar, que sentir.

El conocimiento nos salva. Nos acerca con respeto a los otros, a los ignorados, a los menospreciados, para valorarlos, para saber que tienen otras formas de vida tan válidas como las que considerábamos únicas. Aprender nos engrandece y nos hace más fuertes al mismo tiempo que dimensionamos mejor la grandeza y la mezquindad en la que la humanidad cotidianamente nace, crece, sufre, ríe, avanza, retrocede, muere y renace.

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