Columnistas

Construcción social de la discapacidad

Cada uno de estos recursos resulta discriminatorio, ya que reiteran miradas de subestimación

La Razón / José Luis Aguirre Alvis

00:53 / 30 de diciembre de 2011

En las últimas semanas, en toda Bolivia se ha venido siguiendo el curso de la marcha de las personas con discapacidad, a la que se han ido sumando solidariamente distintas movilizaciones en ciudades capitales, generando una condición informativa digna de observación y reconducción.

En primer lugar, el arribo de la marcha a la capital del Beni, y que hizo que muchos se arrastraran por la calle con el cuerpo casi desnudo como forma de hacer notar su presencia, fue objeto de un tratamiento televisivo que puede calificarse de antiético. Las personas fueron expuestas en diversas formas y de modo reiterativo por los distintos medios como si se tratara de un hecho del cual valía la pena hacer espectáculo. Las referencias desde el relato no se alejaron tampoco de la figura lindante con la discriminación. Por ejemplo, en la intervención de un presentador de Tv se escuchó que eran los padres de las personas con discapacidad los que llevaban la mayor carga, pues cuando esperaban “que sus hijos nacieran normales lo hicieron con algún defecto”.

Habría que preguntar al presentador, cuál es la noción que tiene él mismo para juzgar la normalidad, término debatido y hasta la fecha superado mundialmente al haberse dejado de lado el modelo médico que juzgaba por años a la discapacidad como estigma, marca de defecto o enfermedad. El modelo psicosocial, hoy vigente, es resultado de una lucha por una justa representación e inclusión en la sociedad protagonizado por el movimiento internacional de las personas con discapacidad, que en el siglo XX les permitió ser reconocidos como personas dignas en integralidad. Este enfoque tampoco conjuga con el término “integración” en la comunidad, pues el movimiento de la discapacidad no pide ser incorporado con especial trato al mundo del que ya son parte y donde debe homogenizarse, sino más bien que se hagan efectivos los derechos que como a las demás personas les asisten en condición de igualdad desde su diversidad. De ahí que tampoco se puede denominar a las personas con discapacidad como personas especiales, porque esta condición sería un retorno a una forma de discriminación que por más positiva que pretenda ser, igualmente separa.

Hemos dicho que el tratamiento audiovisual lindó salir de la ética informativa esto porque si, por ejemplo, tomamos el Código Nacional de Ética Periodística, el mayor instrumento de autorregulación vigente señala que los medios y los periodistas deben “proteger los derechos de las personas —sin discriminación alguna— en el marco de la diversidad humana, cultural y social”, y que se debe “respetar la dignidad, el honor, la intimidad y la vida privada de todas las personas… (mujeres, hombres, niños y adolescentes, discapacitados, personas con opción sexual diferente, etc)”. Y así, éstos no deben: “acudir al sensacionalismo ni exhibir en ningún medio periodístico imágenes de cadáveres, de heridos graves o de personas en situaciones extremas: de manera morbosa y reiterativa”.

Un segundo aspecto sujeto a observación corresponde al modo en que se denomina a estas personas o a su movimiento, construyendo así la imagen social de la persona con discapacidad. Aparecen términos como: “discapacitado”, “disminuido”, “incapacitado”, “minusválidos”, “sujetos especiales”, “inválidos”, entre otros semejantes. Cada uno de estos recursos resulta discriminatorio, ya que reiteran miradas de subestimación reñidas con una postura de dignificación y menos de representación de sus justas demandas. Bajo el enfoque psicosocial, toda referencia al sector de las discapacidad o a cada una de las formas de la discapacidad debe antecederse siempre con el término “persona”, diciendo “persona con discapacidad”, sea discapacidad física, intelectual, visual o auditiva. Sólo en el caso de la discapacidad visual se acepta la referencia a ciego o ciega.

El modo en que uno designa a alguien hace directamente a la posibilidad de construir desde el discurso su identidad y rasgos los que culturalmente se asumen como la representación social de alguien y que difícilmente se cambian a no ser por una profunda convicción por el respeto a la diversidad. En esto juega de modo central el trabajo de los medios de difusión principales instrumentos de la elaboración del rostro del Otro.

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