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Contaminación

La utopía de la ciudad jardín, elaborada por el imaginario cochabambino, se ha desvanecido en el aire.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:00 / 27 de julio de 2017

La contaminación del aire en la ciudad de Cochabamba es tan siniestra que hasta las estatuas han tenido que usar barbijos. En medio del invierno, el área metropolitana está envuelta en una imborrable nube de esmog que parece una amenaza suspendida. Al amanecer o al atardecer distingo con dificultad las montañas que rodean al valle, apenas las adivino. De pronto, tengo la impresión de estar en otra ciudad, no del todo extranjera, pues está hecha con retazos de la mía; una ciudad cuyo sistema inmunológico, su burbuja vital, parece haberse resquebrajado, abriendo paso a sustancias o fuerzas oscuras y malignas.  

Sí pues, soy pesimista. Es que la contaminación no es solo un hecho, es también un estado de ánimo (una atmósfera) forjado por la incertidumbre y el pánico, sensaciones que se agudizan por la falta de datos serios y estudios científicos que permitan evaluar objetivamente los índices y los alcances de la polución del aire.

La utopía de la ciudad jardín, elaborada por el imaginario cochabambino desde los años 40, pintada por varias generaciones de acuarelistas, se ha desvanecido en el aire. Ahora irrumpe una inquietante distopía urbana. Hay varias causas que han generado esta atmósfera. Me atrevo a mencionar dos de ellas: el incremento del parque automotor y la deforestación. Por una parte, Cochabamba es la ciudad de Bolivia con más cantidad de vehículos, pero además es el municipio donde se registra mayor flujo vehicular: no solo es la encrucijada del área metropolitana, también es el (inevitable) lugar de tránsito del transporte interdepartamental. Todo pasa por Cochabamba, pero la contaminación se queda.  

Por otra parte, en las últimas dos o tres décadas se ha roto definitivamente el equilibrio entre la ciudad y la naturaleza. La urbanización vertiginosa, salvaje y compulsiva ha destruido las lagunas, los ríos, las acequias, los bosques y los árboles de la ciudad y sus alrededores. Más que una ciudad moderna, el resultado de ese proceso es un simulacro de modernidad. Este hecho es tan grave que, de acuerdo con un informe experto, en los próximos 10 años los cochabambinos tendrían que plantar 2 millones de árboles (a un ritmo de 200.000 por año) si desean revertir la contaminación del aire.

Pero la contaminación no es un acontecimiento aislado, es un proceso que se alimenta de sí mismo, se expande y multiplica: metástasis. Así, la polución del aire está vinculada con la contaminación sonora que se ha vuelto omnipresente (anoto entre sus manifestaciones extremas los ruidos siniestros producidos por los carros basureros municipales), la visual (la polución publicitaria, los cables y la basura en las calles, la arquitectura brutalista), la electromagnética, la alimenticia, la sensorial... En suma, los cochabambinos vivimos en el centro mismo de la contaminación.

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