Columnistas

Contexto y celebración

Para la Sociología, la religión constituye el ethos fundamental de toda formación social

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

00:34 / 10 de julio de 2015

Para la Sociología, la religión constituye el ethos fundamental de toda formación social. Esto porque, ya sea a través de sus formas elementales (ritos, mitos, representaciones) o a través de sus principios ético-morales, los seres humanos habrían encontrado en la religión sus modos de conocer el mundo y de convivir o existir de determinadas maneras. Más allá de que la Sociología de las religiones avanzó notablemente a partir de estos postulados, los aportes generales de esa ciencia no han sido superados, ya que, con base en lo dicho, llegó a establecer que la religión es un producto social (constituida por seres humanos vivientes) en un estado de incertidumbre, que define su búsqueda de certezas en las creencias religiosas.

Es más, esa comprensión general de la religión ha escapado a cualquier organización particular de las iglesias. Así, para regresar a las ideas sociológicas, la religión sería equiparable a una conciencia colectiva, en la medida en que constituiría una moralidad que lo abarcaría todo; y como tal, infundiría obediencia, misterio y temor, aunque merced a ello la religión se habría convertido en una fuerza impersonal, pese a haber surgido socialmente. Por ello, la religión también fue utilizada para justificar distintas formas de poder y de producción económica. Es el caso del capitalismo, que encontró en el ascetismo su medio material e inmaterial de reproducción. De ahí el escepticismo y la sospecha con relación al valor político e ideológico de la religión.

Más allá de esa premisa, la religión finalmente sería el medio de ordenamiento y de organización de lo social, porque, pese a los procesos de secularización por el cual atravesaron las sociedades (por efecto del desencantamiento con el mundo), lo religioso establecería una ética y una moral socialmente compartida cuyas representaciones generarían orden, identidad, unidad y sentimientos adecuados a una forma de convivencia basada en la lógica de la predestinación, el altruismo o la conmiseración.

Dado ese fundamento, sería posible establecer que si la sociedad atraviesa por una crisis moral, a ello correspondería una crisis de la religión. Falso o cierto, el caso es que la corrupción que ha venido permeando nuestra convivencia social; la primacía del egoísmo sobre el interés social, que encuentra incluso palestra en algunos medios de comunicación; la violencia de género y generacional, cuya recurrencia es alarmante como noticia y lacerante como realidad; el racismo y la discriminación, cuyo fin sigue siendo ilusorio; la decadencia que se manifiesta en la falta de modales o en la crisis de sociabilidad, representan el contexto de celebración religiosa que vive el país. Celebración colectiva o, dicho sociológicamente, “euforia colectiva pasajera” que, por cierto, expresa el verdadero valor social de la religión, pues es en esos momentos el contacto y comunión humana trasciende como lo sagrado.

Sin embargo, dicha celebración se trata solamente de la revitalización de la Iglesia Católica, por lo que los implícitos políticos, ideológicos, económicos y sociales que corresponden a esa religión universal trascienden también nuestro contexto local. Por eso, de la celebración que nos invade no esperemos un cambio del país ni mucho menos de nuestra realidad, que ni nuestra democracia ni nosotros mismos podemos solucionar. Más bien, mientras en el contexto internacional la Iglesia Católica se reaviva, a costa de nuestro contexto local, los religiosos sacralizarán sus creencias, los profanos criticarán todo lo visible e invisible, y los protestantes seguirán tributando para el encuentro con el mesías como cada domingo, viernes o sábado. Manifestación de que incluso en esos niveles no dejamos de ser egoístas pretenciosos.

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