Columnistas

Control, no aumento

Para que cualquier estrategia funcione en Siria, debe tener un componente militar y otro político

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

01:51 / 27 de diciembre de 2014

La política del presidente Barack Obama en cuanto a Siria ha fracasado desde el comienzo, debido a la distancia entre las palabras y las acciones. Y lo ha hecho nuevamente. Luego de declarar que el propósito de la política norteamericana es “degradar y finalmente destruir” al Estado Islámico, Obama se ve ahora presionado a aumentar la acción militar en Siria. Éste es un camino destinado al fracaso. De hecho, la administración debería abandonar su elevada retórica y dejar en claro que está centrada en una estrategia en contra del Estado Islámico que, en realidad, es alcanzable: el control.

El aumento de la acción militar en Siria no puede alcanzar los objetivos que se ha trazado el Pentágono y es casi seguro que producirá caos y consecuencias no deseadas. La realidad central es que Washington no posee socios locales verdaderos sobre el terreno. Es importante comprender que el Ejército Libre Sirio no existe realmente. Un informe del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense señala que el nombre no se refiere a ningún “comando organizado y estructura de control de alcance nacional”. El director de Inteligencia Nacional declaró que la oposición al régimen de Bashar al Assad consta de 1.500 milicias distintas. Llamamos el Ejército Libre Sirio a un grupo de estas milicias que están en contra de Al Assad y del islam fudamentalista (eso esperemos).

El experto Joshua Landis, cuyo blog Syria Comment (Observaciones sobre Siria) es una fuente esencial, estima que el régimen de Al Assad controla cerca de la mitad del territorio sirio, aunque mucho más de la población. El Estado Islámico controla cerca de un tercio del país,  y las otras milicias controlan cerca de un poco menos que el 20%. Sin embargo, los grupos más grandes y efectivos que no forman parte del Estado Islámico están vinculados a Al Qaeda y también son enemigos mortales de Estados Unidos en particular y de Occidente en general. Los grupos no yihadistas controlan colectivamente menos del 5% del territorio sirio. Landis escribe que, de acuerdo con los líderes de la oposición, Washington apoya a aproximadamente 75 de estos grupos rebeldes.

Una estrategia norteamericana que consista en aumentar los ataques aéreos en Siria, incluso si van acompañados con fuerzas terrestres, esperaría que las fuerzas más débiles y desorganizadas del país se conviertan de alguna manera en las más fuertes, y sean capaces primero de derrotar a los yihadistas del Estado Islámico, y luego al régimen de Al Assad, siempre luchando contra Jabhat al-Nusra y Khorasan. Sin embargo, la posibilidad de que todo esto suceda es muy remota. Es mucho más probable que los bombardeos en Siria produzcan caos e inestabilidad en el territorio, destruyan a Siria y fomenten la ley de la selva, en la cual se desarrollan los grupos yihadistas.

Los críticos aseguran que esta política hubiese sido factible hace tres años, cuando la oposición a Al Assad era más laica y democrática. Esto es una fantasía. Es verdad que las demostraciones en contra del régimen sirio cuando la primavera árabe llegó hasta Siria, en marzo de 2011, parecían llevarse a cabo por personas más laicas y liberales. Esto también fue verdadero en Libia y Egipto. Sin embargo, con el tiempo, las fuerzas que triunfaron fueron las más organizadas, apasionadas y religiosas. Éste es un patrón familiar en las revoluciones, desde la revolución francesa, hasta la rusa y la iraní: en un inicio son protagonizadas por ciudadanos liberales pero luego son tomadas por los radicales.

Para que cualquier estrategia funcione en Siria, debe tener un componente militar y otro político. El elemento militar es débil. El político no existe. La razón crucial subyacente de la violencia en Irak y Siria es la revuelta sunita contra los gobiernos de Bagdad y Damasco, que son considerados por los sunitas como regímenes hostiles y apóstatas. Esta revuelta, a su vez, ha sido alimentada por Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, cada uno apoya a sus grupos sunitas preferidos, lo cual únicamente ha añadido complejidad al asunto. Por otro lado, Irán a su vez ha apoyado a los regímenes chiitas y alauitas de este modo asegurando que esta lucha sectaria es también regional.

La solución política, es de suponer, debería contemplar algún tipo de acuerdo que permita compartir el poder en estas dos capitales. Pero esto no es algo que Estados Unidos pueda llevar a cabo en Siria. Se intentó en Irak y, a pesar de las 170.000 tropas, decenas de miles de millones de dólares y el hábil liderazgo de David Petraeus, los acuerdos negociados por éste comenzaron a desenredarse en los meses siguientes a su partida, bastante antes de que las tropas estadounidenses abandonaran el territorio iraquí. Ésta no es precisamente una parte del mundo donde el compartir el poder y el pluralismo hayan funcionado, con excepción del Líbano, donde sí funcionó pero luego de una sangrienta guerra civil, que duró 15 años, y en la cual una de cada 20 personas fue brutalmente asesinada.

La única estrategia que tiene alguna chance de funcionar contra el Estado Islámico es mantener la situación bajo control, reforzando la ayuda a los países vecinos, que están siendo amenazados  por los yihadistas mucho más que Estados Unidos, y que están dispuestos a pelear militar y políticamente. Estamos hablando sobre todo de Iraq, Jordania, el Líbano, Turquía y los países del Golfo.

El mayor desafío es lograr que el Gobierno iraquí haga serias concesiones a los sunitas, a fin de que éstos sean reclutados para la guerra, algo que no ha sucedido hasta ahora. Todo esto debería sumarse a la lucha contra el terrorismo, lo que equivale a decir bombardeos y ataques a objetivos claves del Estado Islámico, así como medidas para seguir las huellas de combatientes extranjeros, impedir sus movimientos, interceptar sus fondos, proteger a los vecinos y evitar que se extiendan los yihadistas.

La administración Obama está persiguiendo varios elementos de esta estrategia. No obstante debería ser franca acerca de sus objetivos y abandonar su grandiosa retórica, que está destinada a la intensificación y al fracaso.

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