Columnistas

Conversando con mi peluquero

Evo dijo una vez que, en este país, más que un Defensor del pueblo es necesario un Defensor del Estado

La Razón / Wálter I. Vargas

00:01 / 05 de mayo de 2012

Sin necesidad de estudiar cinco años en alguna facultad de ciencias políticas, mi peluquero, mientras me tajaba  cuidadosamente la cabeza, me dio una lección para entender la tragicómica realidad nacional: “el principal problema de este país, señor Vargas, es el sindicalismo”, me dijo, echándole una miradita a mis dos orejas, para ver si las había disimulado suficientemente.

Afuera, como es rutina, desfilaban unos cooperativistas de no sé dónde pidiendo no se qué, al ritmo ensordecedor de los también rutinarios cachorros de dinamita. Más abajo, la Facultad de Medicina había ya cerrado la Av. Saavedra. Los niños que estudian medicina estaban colaborando a sus mayores, los médicos, en la tarea de defender sus privilegios laborales por medio de los ya aburridos métodos de lucha (costuras de labios, tapiados, crucifixiones, marchas, y un largo etcétera). En El Prado, lo imaginé, se desperezaban las “víctimas de la violencia política” que están viviendo desde hace dos meses frente al Ministerio de Justicia, desde donde piden sin descanso “un justo resarcimiento a sus sufrimientos”, eso sí, en dinero contante y sonante.

Ya lo sé, inapreciable lector, esas víctimas de no sé qué dictador no son un sindicato; los presuntos indígenas que están emprendiendo la XIX marcha (“no señor Vargas, me corrige mi peluquero, recién estamos en la novena) distan de ser un sindicato. Pero es que toda esa infinita capacidad de movilización permanente para defender ventajas corporativas o sectoriales proviene históricamente del desastroso sindicalismo que aprendió a gatear en los años 20 y se hizo adulto en los 50 con el supersindicato COB.

Pero mi peluquero, aficionado al Gobierno, aunque cada vez más decepcionado de sus resultados, no se detuvo a pensar que su admirado presidente no sólo que era un adelantado becado de altos estudios en sindicalismo, sino que, ¡oh sorpresas interminables del Tibet sudamericano!, era de hecho el guía de un sindicato en funciones de gobierno.

Los periodistas, poco avisados y poco avispados, no preguntan a ninguno de los dirigentes del sector de salud, por qué cuando el Gobierno les ha anunciado que deben trabajar ocho horas al día recién han comenzado a mostrarse especialmente preocupados por las abundantes deficiencias del sistema de salud del país. Casar inmediatamente, para poner a su favor a la opinión pública, una reivindicación inexplicable con “los problemas estructurales” de los hospitales es desde luego parte de la sabiduría sindical que cualquier dirigente gremial debe aprender rápidamente, so pena de ser derribado.

En otro momento, cualquiera de esos médicos que hoy luchan con tanto denuedo y están bloqueando calles y caminos han debido individualmente desesperar por no poder llegar a su trabajo obstaculizados por los transportistas o cualquier otro grupo movilizado, pero llegado el momento, cuando se trata de defender su campanario, olvidan esas débiles convicciones sobre derechos tan simples como del libre tránsito y agreden igual a los otros ciudadanos. Lo mismo que harán los transportistas, hoy perjudicados, cuando desde el lunes comiencen por su cuenta movilizaciones igual o más violentas que las de los médicos.

El presidente Morales dijo una vez que, en este país, más que un Defensor del pueblo es necesario un Defensor del Estado. Ni más ni menos. Un paladín que defienda al país de ciudadanos como el propio Evo Morales Ayma, que mientras estuvo en el llano hizo y deshizo a nombre de los sindicatos cocaleros hasta que asumió el poder, momento en el cual recién se puso a pensar en lo insoportablemente ingobernable que es el pueblo boliviano. Sin embargo, quizá sea un poco innecesario decir otra vez que se tiene merecido lo que está enfrentando. Porque entretanto es el país el perjudicado, y esto es, al cabo, lo importante.

Además de que no tiene nada de racista (es como si al doctor que nos dice que tenemos hemorroides lo acusemos de discriminador), el famoso apelativo de pueblo enfermo que le puso Arguedas al “colectivo” nacional ha sido ya demasiado usado. Es fama que José Enrique Rodó le sugirió cambiarlo por pueblo niño, pensando que en el futuro esas taras podrían ser superadas. Ahora que estamos en ese futuro, y ante la deprimente realidad, sugiero actualizarlo, en base a tres opciones: a) pueblo absurdo; b) pueblo loco; c) pueblo gil.

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