Columnistas

¿Y por qué solo Lula?

‘La exposición y el castigo de la corrupción pública son un honor para una nación’ (T. Roosevelt).

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

00:16 / 28 de julio de 2017

Todo este tema de la corrupción es sumamente bizarro. ¿Por qué unos políticos sí y otros no, cuando la sospecha cae sobre casi todos? Algo no está bien en este sistema estatal de políticos, jueces, y demás. “No hay crimen más grave que la corrupción (…) La corrupción ataca los cimientos de todas las leyes (…) Es tan maligno como el asesino (…) El agente corrupto y la persona que corrompe toman parte de la vida de toda la sociedad (...) La exposición y el castigo de la corrupción pública son un honor para una nación” decía Theodore Roosevelt, frente al Congreso de Estados Unidos en 1903.

O sea que, desde hace mucho tiempo la corrupción no es exclusiva de países en vías de desarrollo, sino que también preocupa a la primera potencia mundial. Ahora, ¿realmente con una ley estatal se puede combatir este problema?, como sugiere el expresidente Roosevelt. Por caso, después del famosísimo proceso conocido como “Mani Pulite”, la corrupción en Italia sigue igual, lo que revela que el problema a resolver es más de fondo.  

“Prueben que soy corrupto e iré caminando a la cárcel” aseguraba Luiz Inácio Lula da Silva, el “hijo de Brasil” como lo llamó una película sobre su vida. Lula encarnó hasta el 12 de julio, cuando fue sentenciado a 9 años y medio de prisión por corrupción pasiva, el sueño de millones de brasileños. Nacido en 1945, en el empobrecido nordeste brasileño, emigró con su madre y siete hermanos a Sao Paulo siguiendo a su padre, un campesino analfabeto y alcohólico que tuvo 22 hijos con dos mujeres.

Vendió naranjas y tapioca. A los 15 años empezó a trabajar como tornero y llegó a presidir el sindicato metalúrgico. A comienzos de los 80, participó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT). Llegó a la presidencia de Brasil en 2002 y, con un programa mucho más moderado de lo que se esperaba, se mantuvo en el poder durante ocho años. Le atribuyen haber sacado de la pobreza a 28 millones de personas, dejando el Gobierno con un 87% de popularidad, cifra récord en su país.

 “En Brasil solo me supera Jesucristo”, llegó a decir Lula, a quien la revista Time dedicó una portada “como el líder más influyente del mundo”; y diarios como Le Monde o El País lo nombraron “Hombre del año”. En fin, resulta sintomático que haya recibido tanto apoyo quien hoy es el primer expresidente condenado por corrupción en su país.

Por cierto, Lula confía en que su condena pueda revertirse en segunda instancia y ser candidato presidencial en 2018. Irónicamente, quienes se alegran por el hecho de que el izquierdista “hijo de Brasil” quede fuera de la política podrían terminar lamentándolo, ya que el principal beneficiado es Jair Bolsonaro, segundo en las encuestas, un exmilitar de exabruptos machistas, sexistas y autoritarios.

Pero volviendo a la pregunta de por qué hay tanta corrupción en el Estado y, obviamente, entre los privados que trabajan con él. Dice la Real Academia que corromper (del latín corrumpĕre) significa “alterar y trastrocar la forma de algo”. Y dice la metafísica aristotélica que la violencia es aquello que altera o trastoca la naturaleza de alguna cosa. O sea que la violencia, necesariamente, corrompe. Entonces, el Estado, en tanto usa su monopolio de la violencia, es necesariamente un agente corruptor. Así, cualquier funcionario que tiene la facultad de decidir sobre la aplicación de una norma coactiva está llamando a la corrupción. Por tanto, no es casual que los países donde hay más libertad —menos coacción estatal— sean los menos corruptos.

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