Columnistas

Corrupción

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

04:05 / 17 de abril de 2014

Ante el agravio que críticos y opositores del Gobierno pretendieron propagar entre la población, en las pasadas semanas, aprovechando una afirmación de la Iglesia Católica que se declaraba “perpleja” por los casos de corrupción en los que vendría incurriendo el Órgano Ejecutivo, conviene razonar el problema en un sentido más amplio.

Ello porque la actitud de críticos y opositores descansa en un lógico interés de sacar ventaja de las “equivocaciones” gubernamentales, asumiendo a partir de las contradicciones de los otrora proponentes de la “revolución moral” una postura precisamente moralista, con cuyo dedo acusador pretenden no solamente satanizar a los infractores sino también tapar el sol con el mismo dedo, al definirse como incorruptibles, muy a pesar de que muchos de sus integrantes cojean de la misma pata que el Gobierno. Por ello, si es verdad que lo también expresado por la Conferencia Episcopal —en el sentido de mostrarse “apenada con las esperanzas del pueblo en una forma de gobernar con honestidad, que se va desmoronando”— corresponde a un cuestionamiento sistemático hacia todo gobierno anterior, el contrato entre Air Catering, cuya copropietaria es la cuñada del Vicepresidente, y BoA (junto a tantos otros casos de corrupción), pondría a la “izquierda” y a la “derecha” en el mismo nivel de las prácticas informales carentes de ética y de respeto al Estado de derecho.

Tal actitud igualitaria requiere ser analizada, por tanto, en términos de su generalidad. En ese sentido, más que definir a unos u otros como más o menos corruptos, o diferenciar sus prácticas en las condiciones de un modelo neoliberal y uno que supuestamente se opone a él, se requiere pensar en términos del porqué de la continuidad de la corrupción, a pesar del tan referido proceso de cambio. Y ocurre que en ese análisis aparecen como un necesario referente los postulados de la filosofía existencial y naturalista, según los cuales el ser humano devendría en tanto tal por ser primigeniamente un ser de clan o de tribu, antes que un ser social. Ello porque al ser arrojado al mundo, la existencia del ser humano se vería condicionada por una relación cercana y/o lejana con el otro; la primera se daría con su entorno más inmediato y la segunda con el resto social. Con base en esa naturaleza, el ser humano se vería constreñido a actuar solidariamente con su entorno más cercano, en función de una lógica de la retribución, que definiría su relación con el entorno más lejano sobre la base de otro tipo de intercambios. Tal cooperación garantizaría la integración del clan, por lo que el ser humano no podría desnaturalizarse de esa condición.

Así, la corrupción de la naturaleza humana sería anterior a todo pronunciamiento moral y una condición natural de la cual difícilmente se podrían sustraer consagrados y profanos, por lo que sería comprensible el nepotismo o el tráfico de influencias.

Por eso, ésta no es una defensa de quienes por su naturaleza más o menos tribal incurren en actos de corrupción, sino un cuestionamiento a quienes levantando el dedo acusador se consideran inmunes a esas prácticas estando del lado opositor. La experiencia del país dice que esa posición no garantiza tal inmunidad, porque una vez que se pasa del otro lado se incurren en iguales prácticas. Eso explica la aparición de tantas corrientes moralizadoras en el país (Carlos Palenque, René Blatmann, Alberto Costa Obregón...), que lastimosamente no vieron realización y cuya continua aparición se debió a aquellas prácticas perennes.

A propósito, lo ocurrido con el sector minero, corrobora la naturaleza tribal de trabajadores y gobernantes, cuyos entornos definen diferentes tipos de solidaridad, aunque quizá unas más egoístas que otras.

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