Columnistas

Cosas que ya no se hacen

A Piglia escribir lo protegió de la orgullosa hermana muerte (...) Eso, o hacer listas a manera de conjuro.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:10 / 17 de enero de 2018

El libro póstumo de Ricardo Piglia Los diarios de Emilio Renzi III: Un día en la vida termina con una lista. En ella divide a los escritores del amanecer de los escritores del crepúsculo, es similar a la diferenciación que hace Ramón Rocha Monroy entre bebedores diurnos (los cochabambinos) y los nocturnos (los paceños). Piglia también registra en esos diarios de los años 70 y 80 sus dolores en el lado izquierdo, ésos que al final de sus días lo iban a dejar enfermo mirando por la ventana, desafiando a la muerte como el búlgaro Elías Canetti en desigual combate. Al argentino escribir lo protegió de la pálida, la orgullosa hermana muerte. Narrar, narrar hasta que nadie muera. Eso, o hacer listas, a manera de conjuro, así como Stendhal pedía deseos.

Esta es mi lista, se llama cosas que ya no se hacen. Uno: comprar y leer varios periódicos al día, ¿cuándo fue la última vez que has visto a alguien sentando en una plaza leyendo un diario bajo la sombra de un árbol? Dos: cobrar plata por escribir columnas como ésta, prólogos de libro o artículos. Una vez Piglia recibió 500.000 pesos argentinos por seis carillas sobre Roberto Artl para el periódico El Cronista Comercial.

Tres: ya nadie ejerce de flaneur por la ciudad o sigue a una persona al azar por la calle con la esperanza de que ese señor o señora te conducirá hacia un misterio. Cuatro: ir al cine en solitario todos los días de la semana, buscando los miércoles como hoy un refugio en la pantalla grande y en la oscuridad compartida para escapar de las imágenes y las tormentas propias. El diván del pobre es el cine, dijo una vez el filósofo Gilles Deleuze.

Cinco: ¿quién hace hoy revistas culturales? Y, esto es más triste, ¿quién las lee? Seis: ¿quién se deshace (pierde, tira, regala) de sus libros y después los extraña en las bibliotecas (imaginadas) que nunca tuvo?

Siete: pasó de moda citar al francés Paul Groussac, el primero en formular la idea del estilo; y con ello se olvidó la saludable costumbre de “escribir bien”. Ocho: ya nadie sueña con un mecenas a la vieja usanza. Nueve: preguntarse para qué sirve el dinero. Diez: ¿quién tiene hoy miedo al viejo teléfono de la casa? Para Emilio Renzi, el alter ego de Piglia, el teléfono era un aparato perverso porque solo traía malas noticias. Once: tomar anfetaminas para escribir. Doce: ir al cine para ver partidas de ajedrez. Piglia recuerda una mítica: Lev Polugaevsky (el maestro de la defensa siciliana) versus Korchounov en el cine teatro Premier de la avenida Corrientes, frente al bar La Paz.

Trece: dejar de escribir. Dijo el ruso Tolstoi “escribir no es difícil, lo difícil es no escribir”. El cronista Joseph Mitchell trabajó para la revista New Yorker haciendo perfiles, retratos literarios, de la gente común en la primera mitad del pasado siglo. Después de El secreto de Joe Gould (hasta se hizo una peli con Stanley Tucci de protagonista) calló durante sus últimos 30 años, aunque no dejó de ir cumplidamente cada día a la redacción. Quizás ya había dicho lo suficiente. Dejar de escribir para dejar de sufrir. Los últimos que lo hicieron fueron Alice Munro y Philip Roth, pero la lista (otra) es larga: Rimbaud, Macedonio Fernández, J.D. Salinger, Rulfo. El 24 de marzo de 1979 era sábado y había feria del libro en Buenos Aires. Rulfo tomaba Coca-Cola sin parar mientras dedicaba libros. Ante esa imagen, Piglia le confesó a su diario: “No me decido a hablarle, me quedo un rato y sólo lo observo”.

Catorce: ya nadie usa pseudónimos en los diarios. Quince: ya nadie escucha buenos (micro)cuentos espontáneos por la calle. Piglia escuchó unito de dos obreros en una construcción de Buenos Aires: “Encontró a la mujer en su cama con un flaco”. Un relato perfecto de 10 palabras. “Lo mejor es el desplazamiento de la posesión de la mujer a la cama y la simpatía en la definición final del intruso”.

Hacemos listas para borrar sin remordimientos lo que alguna vez pensamos, para dejarlo por escrito (quizás en una nota de refrigerador) y olvidar en paz. Elaboramos listas para matar recuerdos. Esta quizás me sirva para olvidar que Ricardo Piglia y Emilio Renzi están muertos.

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