Columnistas

Cosecha de odios

Aquel crisol de razas con el que se constituyó Estados Unidos está hoy en peligro.

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Navalón

03:44 / 24 de abril de 2016

Cuando la tinta con la que se escribe el nombre de Donald Trump se seque y solo quede para los registros de la historia, el empresario neoyorquino seguirá siendo una pieza clave para entender lo que alimentó la peor versión de Estados Unidos durante la campaña electoral de 2016. Los hechos son tozudos: el imperio del norte necesitará varias generaciones para superar aquel trago amargo de convertirse en víctima del 11-S y mostrarse vulnerable. No hay que olvidar que hasta ese día y desde la Segunda Guerra Mundial, los mares y Dios habían hecho inviolable el territorio estadounidense.

La esencia de Estados Unidos se encuentra en el espíritu de la Declaración de Independencia de las 13 colonias. Desde el primer momento la superpotencia mundial tuvo dos caras. Una representa su mejor espíritu, un lugar abierto de grandes pensadores, los mayores y mejores representantes de la Ilustración: los padres fundadores (Thomas Jefferson, Benjamin Franklin o John Adams) y todos aquellos que lograron que “We the people...” siga siendo, a pesar de todo, la mejor prueba del éxito de la democracia. La otra es la de ese país que comulga con el Tea Party, que sigue pensando que todo lo que no sea blanco es su enemigo natural y que, cada vez que se abren las puertas, la vida estadounidense corre peligro, como ocurrió tras el derrumbe de las Torres Gemelas.

Trump representa los miedos ocultos de una sociedad que, a pesar de la promulgación de la Ley de Derechos Civiles en 1964 (después de correr mucha sangre), sigue presenciado asesinatos de personas indefensas cada vez que un policía les dispara por la espalda. Lo que nos demuestra que una cosa es escribir grandes leyes y otra, muy diferente, lograr que las sociedades las incorporen y vivan con ellas sin dar marcha atrás. Trump eligió México y a los mexicanos por una razón elemental y es que Barack Obama debe sus dos estancias en el Despacho Oval al voto latino. Por ahora, el precandidato republicano ha conseguido que miles de hispanos con derecho a voto corran a inscribirse para poder expulsarlo en noviembre de la carrera presidencial. Nunca he creído que el magnate llegue a ocupar la Casa Blanca porque Estados Unidos es, sobre todo, un país con una pragmática decisión de defender sus intereses y no se imagina al especulador inmobiliario de Manhattan como su líder.

El problema es que hoy el mundo es plano y todos vemos lo mismo desde cualquier perspectiva. El problema es que ahora internet ha trasladado el concepto de la soberanía nacional al ciberespacio. El problema es que, si analizamos bien la historia reciente, podremos darnos cuenta de que en Europa la mayoría de los yihadistas son reclutados en la red. Y en ese contexto, en este mundo plano donde las emociones son colectivas y las demostraciones también, Trump parece olvidar que la segunda ciudad del planeta con más hispanohablantes se llama Los Ángeles. Y que allí, como en varios suburbios de Europa (por ejemplo Saint-Denis en Francia) también se está gestando una crisis como la del modelo estadounidense.

El melting pot, aquel crisol de razas con el que se constituyó el imperio del norte, está en riesgo. Y los demonios familiares cabalgan, aíslan y siembran una cosecha de odio que, sin duda alguna, traerá consigo terribles consecuencias. Esperemos que la más terrible de todas no termine por fortalecer aún más al Tea Party y a lo peor de Estados Unidos. Pero, sobre todo, que no desencadene un yihadismo latino.

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